
A propósito de lo que escribía anoche, recordé ese espíritu viajero que me impulsa a cambiar de aires de vez en cuando. Durante un tiempo, estuve pensando en irme a Alemania. Me imaginaba trabajando allí y viviendo allí, pero algo me decía que no podría ser eternamente, porque yo amo mi país. Soy de esas personas que siempre volverán a sus raíces.
No quise entrar en los viajes, de los que tengo recuerdos muy agradables, porque hubiera sido larguísimo de contar. Cada lugar nuevo deja en mí una huella muy profunda, bien sea a través de sus gentes, bien sea a través de algunas anécdotas que ocurrieron allí, bien sea a través de un objeto de culto que me inspira una emoción nueva... Pero siempre volveré aquí, y al volver aquí volveré a él, porque él está aquí.
Y es que la tierra siempre tira. Durante mucho tiempo eché de menos las montañas, el otoño y la primavera que de repente habían desaparecido del calendario, y a mi gente. Tenía que estar fuera para valorar lo propio, pues no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y yo realmente no había perdido mis raíces, sino que simplemente las echaba de menos; no era más que una pérdida temporal, porque yo sabía que había de regresar. Y ese regreso, el regreso definitivo, me llevó a conocer a una persona especial. Entonces esta tierra, si antes era especial, ahora lo es mucho más.
Puedo traer al presente infinidad de momentos que aún hoy, pese a que haya pasado mucho tiempo (y no tanto), me siguen emocionando de una u otra manera.
Me encuentro caminando por las calles empedradas de San Vicente de la Barquera, entre casas encaladas, cruzadas con enormes vigas, y escudos de armas en piedra sobre las fachadas. Y recuerdo aquella anciana vestida de negro con un moño gris a la antigua usanza. Sería un milagro que aquel rostro surcado de un millón de vivencias aún siga abriendo los postigos de su ventana para ver pasar a los turistas venidos de todo el mundo. Ese es el mismo día que conocí por primera vez las cuevas de Altamira. Varios meses después haríamos una excursión con el colegio y las volvería a visitar. Cerradas en la actualidad al público, creo que fui una privilegiada que pudo verlas dos veces cuando aún se encontraban abiertas.
Me encuentro mojándome entre los chorretones de agua que habían colocado por todas las avenidas colocadas en la Exposición Universal de Sevilla, colarme en los pabellones por la puerta de salida para no tener que esperar filas.
Me encuentro caminando entre las aisladas casitas que surgían entre los árboles de un pequeño pueblo francés, Retjons, y decir un Bonjour! a todos los habitantes que nos encontrábamos en el camino. Y es que muchos pueblecitos franceses ocupan mucho de extensión, pero sus casas están desperdigadas por el campo. En el centro hay pocas casas, generalmente el Ayuntamiento, Correos, la escuela y un supermercado que tiene de todo. Después, para encontrar algunas casas necesitabas un mapa porque podías adentrarte perfectamente en uno de los frondosos bosques de Las Landas.
Me encuentro sentada en las enormes cadenas que circundan el magnífico Parlamento de Budapest, en Pest, junto al Danubio. Y recorriendo el Puente de las Cadenas, no muy lejos de allí, y bajando a la isla de Margarita en medio del río, un lugar de ensueño...
Me encuentro observando a un músico callejero en el puente de Carlos IV en la magnífica capital de la República Checa, subiendo a la zona del castillo, paseando por sus casas multicolor y traerme una magnífica licorera de cristal de Bohemia, donde en mi casa se sirve el whisky.
Me encuentro desayunando en la Grand Place de Bruselas un gofre que no me gustó con un café aguado que me despejó poco, mientras tenía al frente la magnífica portada del Ayuntamiento de la ciudad.
Me encuentro en un barco por el Rin, para ver aparecer la magnífica catedral de Colonia, iluminada al atardecer, junto al Ayuntamiento y otros edificios interesantes de la ciudad. De hecho, mis mejores cruceros siempre han sido al atardecer, coincidiendo siempre con la última salida del barco, porque siempre terminas viendo variar las horas y las luces del día. Colonia es una ciudad realmente impresionante.
Me encuentro pisando la baldosa del kilómetro cero en París, justo a unos pocos metros de la entrada a Notre Dame, y admirando la ciudad de las luces.
Me encuentro en una chupitería en el Bairro Alto de Lisboa, tomando chupitos sin parar...
Estoy pensando que esto podría durar horas, y que me dejo mucho. Lo importante es no perder el rumbo. Estar donde estoy ahora, más cerca que lejos de ese ángel que esta mañana estaba guapísimo. Estar aquí, la tierra que me vio nacer, adonde siempre retornaré.
Nos quedan tantas cosas por conocer, tanta gente con la que hablar, tantos lugares que pisar, tantos museos que ver... Y me encantaría compartirlo tanto con él...
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