
Tengo frío, un frío nocturno que hace que te tengas que poner algo de abrigo por las noches (también por las mañanas). Sin embargo, sigo con los brazos al descubierto, porque este frío que me eriza la piel hace que me sienta viva.
En estos momentos es cuando anhelo los brazos cálidos de un ángel, ese abrigo protector de aquél que me hace sonreír la mayor parte del tiempo. Anhelo cubrirle de besos, rozar con las yemas de mis dedos la comisura de sus labios, los rasgos hechizantes en sus ojos, anhelo escuchar su voz y preguntarle qué ha hecho hoy. Animarle si algo le ha salido mal, compartir su felicidad si le ha salido bien. Y amarle, simplemente amarle. Por hacerse querer, por ser tan admirable, tan encantador, por ser el sol que ilumina cada mañana y las estrellas que se encienden cada noche, por ser ese ángel único en el mundo.
Ojalá pudiera susurrarle al oído que tenga dulces sueños.
“El tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan, demasiado rápido para aquellos que temen, demasiado largo para aquellos que sufren, demasiado corto para aquellos que celebran, pero para aquellos que aman… el tiempo es simplemente eterno”.
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