domingo, octubre 03, 2010

Una vieja Olivetti

Aprendí a escribir a máquina con nueve años, con una vieja Olivetti de la posguerra que, indudablemente, tenía más años que yo. Recuerdo que mi maestro me decía: “Siempre has de estar más alta que las teclas”, así que muchas veces parecía que iba a comerme la máquina de escribir.
Recuerdo que, a veces, me hacía daño en los dedos, en los meñiques concretamente, porque había que aporrear aquellas teclas con una fuerza que algunos de los dedos carecen.
Después de aquella vieja Olivetti, que no era de mi propiedad, he tenido otras dos, las predecesoras de los ordenadores. Una azul que pesaba como un demonio que ya venía con cinta a dos colores (negro y rojo) y una roja menos pesada para llevarla adonde fuera menester.
Estas dos últimas las conservo aún. Ni siquiera me dio tiempo a desgastarlas, porque luego llegaron los ordenadores. Pero hoy en día me emociono cuando veo una vieja Olivetti como la que aprendí mecanografía a los nueve años. Me parecen objetos de museo y me traen muchos recuerdos. Incluso las letras que surgen de esas viejas máquinas parecen más artísticas.

Recuerdo el ruido que hacían y que, en cierto modo, fui algo precoz cuando presentaba en el colegio trabajos a máquina. Recuerdo que, si te equivocabas, o utilizabas corrector o volvías a empezar. Yo prefería empezar de nuevo. Recuerdo que mi maestro le daba mucha importancia a las pulsaciones por minuto. A mí me parecía irrelevante. Lo importante no era escribir rápido, so pena de cometer fallos con enorme facilidad, sino que lo importante (para mí) era saber escribir a máquina y hacerlo bien.

No hay comentarios: