domingo, octubre 10, 2010

Las horas pasan lentamente

Hoy los minutos pasan en torno a él, atesorando esos minutos de anoche. ¿Cuántas veces me encontró su mirada observándole? ¿Cuántas veces deseé quererle, con todo lo que esto implica? ¿Cómo disfruté de esos momentos, deseando que no acabaran nunca? ¿Cuántas veces contemplé ese rostro angelical? ¿Cuántas veces me encontré soñando en sus palabras, pronunciadas con esa voz tan sensual? ¿Cuántas veces le dije o le di a entender que estaba guapísimo? ¿Cuántas veces abrió la caja de Pandora para hacerme partícipe de algo suyo que yo desconocía?
Y miré sus ojos, en los que brilla tal bondad que me resulta irresistible. Y le toqué el pelo, y no le imagino peinado de otra forma. El aspecto informal de su cabello le da un aire de rebeldía y, a la vez, le otorga más atractivo. Y contemplé cómo iba vestido, para no perder detalle y recordarle tal cual, para que mi mente, en lo sucesivo, no añada ni quite nada, sino que lo evoque tal cual. Y me encontré meciéndome en sus palabras. Imaginé un enorme animal de boca grande al otro lado del mar, imaginé el color de la bicicleta, me imaginé en el balcón en el momento en que se hacía esa fotografía nocturna, me imaginé el sabor del solomillo a la naranja…
Siempre hay alguien que no dejará jamás de sorprendernos. Cada día que pasa le quiero más. Se hace querer.
Anoche le hubiera tocado, le hubiera besado, le hubiera acariciado, le hubiera susurrado un sinfín de palabras de amor. Pero, si hubiera tenido que elegir, le hubiera abrazado. Por estar ahí. Por regalarme momentos inolvidables.

Las horas del domingo pasan lentamente. Y yo seguiré recordando sus palabras de la última noche, su enorme dulzura, su grandísima sonrisa, su sabiduría…

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