lunes, octubre 25, 2010

El laberinto de los sueños

Siempre me han atraído los laberintos, aunque nunca he visto uno de verdad y, mucho menos, me he introducido en uno. Ni siquiera he pisado el que se encuentra en la catedral de Chartres, será que nunca he estado allí. Ni siquiera he visto los setos que rodean los laberintos que muchas familias acaudaladas inglesas de siglos pasados decidían colocar en sus jardines como elemento decorativo.
Me atraen pero a la vez me parecen inquietantes. Entrar en un laberinto es entrar a formar parte de un mundo del que desconoces si encontrarás el final o si volverás al punto de partida. Y, sin embargo, muchas de las cosas que nos rodean se asemejan muchísimo a un laberinto, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones.
Si tuviera que entrar en un laberinto (en un laberinto físico, no metafórico), sólo entraría de la mano de esa persona tan especial. Seguramente conseguiríamos salir, pero no le soltaría la mano ni un momento. Y cada vez que nos encontráramos en un camino sin salida le robaría un beso, antes de volver sobre nuestros pasos y buscar otro camino.
Incluso en los momentos más difíciles, esos en que la mente te juega malas pasadas, estaría tranquila, porque el tacto de su mano enlazada con la mía me reconfortaría.
Y terminaríamos encontrando la salida, porque él tiene esa magia que hace que todo sea perfecto. Para entonces, ya le habría robado más de mil besos.

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