
Hay civilizaciones antiguas que adoraban la luna llena, otras incluso la temían. Lo que está claro es que en las noches de luna llena hay una magia especial. Y a veces es lo que nos gusta creer, porque los días sin magia no son días completos.
Hoy he tenido que acudir al enriquecedor álbum de mi memoria para que el recuerdo de su mirada trajera la magia. Es una magia más débil que cuando le miro directamente, pero incluso en los recuerdos él me sigue envolviendo con esa magia especial que sólo él me brinda.
Imagino que me tumbo bajo la luna llena, sintiendo en mi piel el roce del frío y la humedad de la hierba húmeda, percibiendo cómo una suave brisa intenta robarme los recuerdos. Y miro al cielo y todos mis pensamientos se funden con las estrellas que me hacen evocarle cada noche. Susurro su nombre en la oscuridad y, de repente, siento el roce invisible de sus alas a mi lado. Y me siento en paz, contemplando esa luna llena perfecta. Su brillo se refleja en mi mirada, cierro los ojos y siento que unos destellos dorados cubren mi alma y mi corazón, y entonces vuelvo a oír esa voz tan sensual, vuelvo a rememorar la dulzura de su sonrisa, vuelvo a sentir que nada puedo ocultar a esa mirada perfecta. Entonces siento que puedo alargar los brazos y rodearle en un tierno abrazo, que puedo levantar mis dedos y tocar ese rostro tan amado, que puedo cerrar los ojos y sentir el sutil contacto de mis labios posados en los suyos.
Y le siento cercano, noto un cosquilleo en mi corazón y sonrío de felicidad.
Quien sea capaz de aportarte tanto en unos minutos es digno de querer.
Me siento proclive a soñar.
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