miércoles, octubre 13, 2010

La sinfonía inacabada

Hace meses que me encuentro en armonía con el mundo. Con lo que me rodea. Con la gente con la que me relaciono a diario. Con lo que veo en esos ojos angelicales…

Una persona es excepcional desde el momento en que te hace sentir algo que no puedes describir, desde el efímero instante en que sus pupilas se cruzan con las tuyas y en ellas encuentras todo aquello de que carece ese mundo que te rodea, y te arropas con el magnetismo y el misterio que provienen de él. Él es una persona excepcional desde el mismo momento en que me da aquello que nadie más me aporta, independientemente de sus magníficos atributos o de las grandísimas cualidades que posee.
Hoy he visto a ese ángel, me ha mirado y he sentido la magia. Estoy rodeada de magia, cuando hubo una época en que llegué a creer que esa magia no existía.

Quien no lo ha conocido niega tercamente su existencia, pero quien ha sentido de cerca la fuerza de su aliento se rinde ante el hecho innegable de que es el único monstruo ciertamente invencible”.

Esa magia que aparece desde el mismo momento en que abro los ojos por la mañana y sonrío al pensar en él, que pasa por los instantes en que le miro y siento tanta paz, que hace que sonría pese a las tempestades, que me impulsa a describir emociones indescriptibles, que me lleva a embarcarme en unos sueños extraordinarios… Esa magia existe cada día, existe desde aquel remoto instante, hace ya muchos meses, en que su mirada se cruzó con la mía por primera vez.

Y en este tiempo he tropezado en ocasiones contra muros insondables, he tocado fondo en los pozos más lúgubres de la tristeza, he aprendido a confiar por completo en una persona, he admirado (y admiro) cada rasgo de su rostro y cada gesto de su cuerpo, he derramado torrentes de lágrimas, he subido a las montañas más altas para sonreír mientras le imaginaba, he soñado un sinfín de situaciones variadas, he escrito párrafos increíblemente hermosos… y en todas y en cada una de esas circunstancias siempre había algo de él. Cada vez que me derrumbo, me levanto con una fuerza casi sobrenatural y noto que el sentimiento en mi corazón cada vez es más sólido y más intenso, como si el fuego de una hoguera se avivara lentamente sin posibilidad de apagarlo… Cada día le quiero más y al quererle tanto siento una armonía alrededor de mí impresionante, una armonía que llegó gracias a él.

De trasfondo, mi mente evoca el eco de sus palabras, la sensualidad de esa voz que tantas veces me ha hecho suspirar, como si me encontrara danzando sobre las notas apasionadas de una sinfonía inacabada, una sinfonía que no deseo, por nada del mundo, que termine nunca.

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