
Con el paso del tiempo es sencillo darse cuenta de que entre las personas hay ciertos códigos que no se pueden quebrantar: códigos de honor, códigos de conducta, códigos de cortesía, el código de circulación... Estamos rodeados de códigos.
Hay personas con quienes no necesitamos siquiera hablar para que nos entendamos. Entre familiares es fácil que haya códigos donde el resto de personas quedan fuera irremediablemente. No es algo consciente. En mi caso, se han forjado códigos secretos con mi hermano, pero no es algo que venga de unos meses a esta parte, sino que se crearon cuando éramos pequeños. Y son secretos porque en la infancia creábamos nuestras propias claves. Al llevarnos dos años, mi hermano y yo estuvimos muy unidos en la infancia. Hasta los siete u ocho años, dormíamos en la misma habitación de dos camas y hacíamos juegos de palabras hasta que uno de los dos se quedaba dormido, vestíamos igual, llevábamos el pelo cortado a cacerola (aunque el mío era ligeramente más largo), jugábamos juntos y teníamos nuestro propio lenguaje. El vínculo actual con mi hermano es muy sólido, pero se ha ido creando desde que éramos unos enanos. Nos entendemos con una sola mirada.
También se crean códigos secretos con un amante. Porque con esa persona compartes algo más que palabras y a veces ni siquiera son necesarias tales palabras.
No hay secretos.
Mi hermano y yo nos contábamos absolutamente todo. Estábamos en la época de la inocencia, esa época en que te sientes protegido, feliz, que crees que todo lo que te rodea es bueno y, pese a todo, es una época en que cada uno a su manera "quiere ser mayor".
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