miércoles, octubre 13, 2010

El rugido del mar

Recuerdo la pereza de levantarse de la cama en las mañanas invernales. Esta mañana hacía un frío terrible, aunque después haya salido el sol y ahora haga una tarde espléndida.
Me encantaría dar un paseo con él, refugiarme en sus brazos mientras escucho las innumerables historias que quiera contar, esas historias que de repente ven la luz, cuando siento que está compartiendo algo nuevo conmigo y me siento demasiado feliz porque, en el fondo, soy consciente de que me está dando algo de sí mismo. Y sus palabras, pronunciadas con esa magnífica voz, se quedan grabadas como a fuego.

Anoche imaginaba el mar, imaginaba que estábamos sentados en una playa desierta y que un sol anaranjado empezaba a ocultarse por la línea del horizonte, frente a nuestros ojos. Y escuchábamos el murmullo de las olas al acariciar suavemente la orilla. Había una calma silenciosa...
Iba a levantarme a describirlo, pero tenía demasiado frío. Esta mañana he tecleado rápidamente antes de marchar, pero parte de la magia del pensamiento nocturno había desaparecido.

Hoy he visto a un ángel y me he sentido envuelta por su magia.

Es un buen momento para marchar a casa.

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