
Hace un rato llovía a raudales. He dejado de leer para escuchar el interminable golpeteo de las gotas de lluvia que chocaban contra el pavimento con una fuerza atroz. En ese momento me apetecía abrir la ventana y aspirar el dulce olor a mojado. Aunque me he quedado donde estaba y su imagen angelical se ha ido moldeando en mi mente. “¿Dónde estás?”, le preguntaba silenciosamente como si él pudiera escucharme. He perdido la noción del tiempo y del espacio. Los párpados empezaban a pesar demasiado.
He recordado otras veces concretas en que he perdido la noción del tiempo y del espacio. En cualquier biblioteca que se precie, en menor medida en librerías. En la biblioteca de Las Conchas he deambulado horas entre estantes repletos de libros que tantas historias han contado, pero también me fijaba en las vistas que había hacia la calle desde sus minúsculas ventanas, a veces me sentaba en los espacios reservados para leer en la zona dedicada al cómic y en otras ocasiones observaba a la gente, sobre todo a los apasionados niños que desde la más tierna edad ya han sido inculcados en el enriquecedor hábito de la lectura. Perdía la noción del tiempo por completo. Me gusta visitar bibliotecas, no por el afán de encontrar un libro interesante, sino porque me gustaba más observar lo que me rodeaba, ser consciente de tantos siglos de cultura concentrados en millones de páginas… Y es que realmente me acostumbré a ir a las bibliotecas para coger cualquier libro que no fuera de lectura, ya que siempre he preferido comprar los libros que leo antes que tomarlos prestados. Si un libro te marca siempre prefieres conservarlo para quizás releerlo en el futuro, o al menos buscar aquello que te ilusionó en sus páginas. Por eso prefiero comprar los libros que me leo. Consciente de esto, también me pongo limitaciones a la hora de comprar libros: no más de X libros cada dos meses. Hace mucho que no voy a una biblioteca.
Recuerdo haber perdido la noción del tiempo dibujando o escribiendo. Cuando miro el reloj de nuevo me asombra lo rápido que ha pasado el tiempo sin haberme dado cuenta.
Con él también pierdo la noción del tiempo y del espacio, pero es a un nivel totalmente distinto. Cuando él me mira, me pierdo en esos ojos de mirada perfecta, siento que mi alma es ‘tocada’ con delicadeza cada vez, se me alborota el corazón y siento que siento. Me siento hechizada. Y es entonces cuando sonrío inevitablemente. Le veo a él y veo todo lo mejor del mundo.
Últimamente echo mucho de menos todas esas emociones que llegan cuando me encuentro con él. Últimamente le echo mucho de menos.
Es tarde. En seis horas me tengo que levantar. Me voy a soñar con ese ángel…
No hay comentarios:
Publicar un comentario