martes, octubre 19, 2010

La isla mágica

Imagino la inmensidad del océano. Cuando estás ante él ves agua por todos los lados, mires hacia donde mires, tu mirada se pierde en una marcada línea del horizonte y eres consciente de que, más allá, el océano continúa su curso, hasta que muchas millas después sus aguas bañan alguna costa de arena o de guijarros, un continente lejano, una isla desconocida. Miras las gaviotas, pájaros de mar, aletear de aquí para allá, molestando quizás, según la gente de mar.
Cuando el mar está en calma nos aporta una tranquilidad total, nos pacifica el alma. Y cuando llegan las tempestades puede destruir en cuestión de minutos las mayores ingenierías navieras construidas por manos humanas, tiene potestad para llevarse almas al fondo del mar. El océano es un mundo de perpetuos contrastes.
La vida a veces es como el mar. A veces somos náufragos, en otras ocasiones somos grumetes, incluso otras veces nos convertimos en capitanes de barco. Podemos ser sirenas, que cantan sus hechizadas melodías para extraviar a los barcos, podemos transformarnos en Poseidón y gobernar los mares a nuestro capricho, y hasta podemos convertirnos en el monstruoso kraken, terror de los mares mitológicos. Podemos ser cualquier cosa mientras nuestra mente nos lo permita.
Los seres que habitan en el mar, incluso los del imaginario popular, son numerosos y muy variados.
En estos momentos me encuentro nadando hacia la isla que veo en el horizonte. Una isla que me atrae, una isla que brilla en la oscuridad, una isla que me hechiza, me seduce, me brinda una energía sobrenatural para continuar dando brazadas en su dirección. Cada día, al abrir los ojos, me aferro a esa persona que es como la isla perfecta, esa isla que hay en el horizonte. Hay (y ha habido) otras islas que me han brindado seguridad, momentos muy felices, me han recogido en sus playas en los instantes de duda, cuando me he equivocado, cuando me faltaba un último impulso. Mi familia, mis amigos, la escuela, la universidad, los trabajos, los innumerables ríos de gente que han pasado junto a mí, que han vivido algo conmigo, que han compartido un secreto, que me han dado un consejo… También he sorteado muchos islotes, incluso algunos he atravesado y no he querido mirar atrás. Algún islote me ha hecho naufragar y he sido Crusoe durante mucho tiempo. Hasta que un día, mirando al horizonte, me sentí atraída por una intensa luz, la luz de unas pupilas perfectas, y me tiré al mar para empezar a nadar en aquella dirección.
Él es esa isla en medio del mar que me hace sonreír, que me hace luchar, que me hace sentir bien, es la isla a la que me aferro porque me da seguridad, porque me reconforta. Y cuando veo la fuerza que hay en su mirada siempre saco fuerzas de no sé dónde para no permitirme nunca desfallecer. Si dejara de nadar me ahogaría irremediablemente. Y no quiero que eso ocurra. Cuando miro hacia el horizonte cada día contemplo ese brillo especial que emana de allí. Tengo muchas preguntas. Pero sobre todo tengo la sensación de que lo importante no es llegar a la isla, sino el trayecto hasta alcanzarla. Porque en el trayecto tengo que luchar a veces contra el terrible oleaje, contra los días grises, contra los temibles tiburones… Y la isla sigue allí, con una luz especial, una luz que no tiene ninguna de las islas que voy dejando a los lados. La isla no se va a mover de allí. Y espero que su luz no se apague nunca.

Es una noche de metáforas. Y es un magnífico momento para ir al encuentro de los sueños.

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