
"Es el árbol más hermoso de este mundo y con frecuencia se me aparece en sueños permitiéndome escuchar de nuevo su inolvidable melodía... No sólo está vivo y da vida, ¡tiene magia!, y puedes pasarte horas sentado frente a él teniendo la sensación de que las raíces que pasan bajo tus pies te están transmitiendo una fuerza que se remonta a tiempos anteriores al nacimiento de Cristo".
Ésta es una historia de amor, cuyo trasfondo histórico se encuentra en la isla del Hierro (Canarias), unos años después de los grandes descubrimientos que marcaron la Historia.
El general Gonzalo Baeza se encuentra tranquilamente en su casa, cuando recibe la visita de su viejo amigo, monseñor Alejandro Cazorla, que viene a traerle un documento real por el que se le nombra a Baeza gobernador de la isla de Hierro. El soldado se niega y, pese a ser parco en palabras, le cuenta a su amigo el motivo por el que no quiere volver a aquella volcánica isla.
Cuando desembarcaron en el Hierro, Gonzalo Baeza era un simple teniente obligado a cumplir las órdenes del cruel capitán Diego Castaños. Los nativos de la isla les brindaron todo lo que tenían, pero muy pronto empezaron a regalarles collares y baratijas a cambio de un extraño liquen que crecía por toda la isla, sobre todo en zonas abruptas y escarpadas, cerca de los acantilados. Se trataba de "orchilla", una yerba de la que se sacaba el tinte púrpura, muy codiciado en la época por cualquier poderoso. Diego Castaños, ávido de poder y riquezas, convirtió la isla en una tintorería, para la cual necesitaban mucha agua dulce y mezclarla después con orines putrefactos. Pero el Hierro no era una isla que tuviera muchos manantiales, teniendo en cuenta que tiene muy cerca el desierto africano. Llegó un momento en que no había suficiente agua para que todos los habitantes, españoles y nativos, sobrevivieran.
Gonzalo Baeza, enamorado de Garza, una isleña muy inteligente, se había mantenido al margen hasta que la situación se hizo insostenible, por lo que llegaron a drogar a toda la tropa para enviar a Diego Castaños en una falúa, con sus hombres más fieles, a mar abierto. La calima, tormenta de arena procedente del desierto, les hizo desaparecer.
Mientras, el resto de la tripulación se moría de sed. Hasta que Garza les enseñó el truco de sus ancestros: Garoé, el árbol del que manaba agua y que hacía sobrevivir a su pueblo. Embarazada de Baeza, su pueblo se la lleva porque, al descubrir el secreto a unos extranjeros, está condenada a muerte. Ante los ojos de su marido es despeñada hacia un acantilado y muere.
Baeza no puede volver a esa isla tan llena de recuerdos para él.
“Lo único que queda de nuestro paso por la vida es la huella que dejamos en quienes nos rodearon; lo demás sólo es historia”.
*El Garoé continuó dando agua y protegiendo a los herreños hasta que hace exactamente cuatrocientos años una tempestad lo derribó durante la primavera de 1610.
Aún se conservan los aljibes en los que se recogían sus ‘lágrimas’.
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