
Siempre se me hace tarde. De hecho, creo que hago lo imposible por que me den las diez de la noche (o una hora aproximada) para no ir antes a casa. Todo porque en casa es más fácil que la imaginación vuele en todas las direcciones y aquí soy más proclive a la concentración silenciosa.
No voy a esperar a las diez. Hoy le había prometido a mi madre que iría antes, pero no he cumplido mi palabra. Ahora estará preocupada.
Me pone los pelos de punta salir ahora a la calle y caminar hasta el coche. Antes tenía una ilusión que, por pequeña que fuera, me alentaba a seguir caminando. Ahora, por más que intente buscarla, tengo las manos vacías.
Sin embargo, es hora de marchar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario