
Hay momentos en que me quedo, sin quererlo ni desearlo, mirando a un punto infinito del horizonte, sin darme cuenta. Los podría contar con los dedos de la mano, incluso podría describir las sensaciones momentáneas que me he obligado a evitar.
A primera hora, en el desayuno, cuando he fijado la mirada en una página del periódico, sin leerlo. De repente, he sentido un escalofrío y lo he visto venir: o me marchaba o me desmoronaba. Estaba en la cafetería, pero en el fondo estaba a mil kilómetros de distancia.
Después de comer, cuando conducía bajo una constante llovizna, Sabina cantaba "a olvidarte otra vez en cada esquina", he sentido que los ojos se me rasgaban y me he visto obligada a apagar la música.
Esta tarde, sola en la oficina, llevo una hora larga luchando contra algo que no me apetece explicar. Cuando siento que podría desmoronarme de un momento a otro, me concentro en algo que me haga pensar, para no pensar en otras cosas.
Creo que debería irme a casa y meterme en la cama, a ver si pasa...
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