
La pasada noche fue un tanto extraña. Hice algo (o no hice nada) que se salió de la rutina. Me tumbé en la cama, dispuesta a leer, con el libro de Andrés Pascual a mi vera (por cierto, no me gusta cómo escribe; que sea riojano no significa que me tenga que gustar obligatoriamente), pero en ningún momento me propuse coger el libro. Ni siquiera me metí en la cama, sino que me tapé con una manta y me puse a observar un punto en ninguna parte.
Miraba las paredes lilas y recordé cuando, hace muchos años, colocaba postales que me enviaban de todo el mundo hasta llenar las paredes. Ahí empezó mi afición a las postales. Hasta que un día las tuve que quitar, aunque tampoco cabían más. Después de muchos años, aún soy capaz de recordar incluso en qué rincón estaban las postales de un lugar u otro. Ahora las tengo recogidas en archivadores, ya no están a la vista.
Lo que hacía entonces cuando estaba triste era fijar mi mirada en cualquier lugar recóndito, al azar, y perderme imaginariamente por allí. Ayer no podía hacer eso, pero tampoco volvería a llenar las paredes de mi habitación con recordatorios de los lugares donde he estado o con otros lugares donde nunca he estado.
No recuerdo en qué más estuve pensando. A veces sentía el calor de lágrimas silenciosas por mi rostro, a veces notaba que, al rememorar ciertos momentos de los meses pasados, conseguía sonreír. Y finalmente todo quedó supeditado a la oscuridad creciente que me llevó a un ligero sueño cargado de luces y sombras.
Una noche extraña. Siempre leo antes de dormir, pero anoche no fue así.
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