jueves, marzo 04, 2010

Pecando de perfeccionista

Siempre busco la perfección en todo lo que hago, de ahí que cuando me obceco con algo no lo dejo hasta que no alcance ese punto de perfeccionismo tal que considero oportuno (y no por eso tiene que ser el mejor), aunque soy consciente de que todo es susceptible de mejorarse.
A no ser que me entre la pereza, intento mejorar siempre en todo. Y días perezosos tenemos todos, aunque siempre intentas obligarte a hacer las cosas.
Por eso, cuando en Derecho Financiero saqué un 4 la semana pasada, me repasé los apuntes, y el segundo intento fue un 3, sin posibilidad a probar de nuevo, tuve que ponerme en contacto con la profesora para pedirle ejercicios prácticos anexos a la teoría y bibliografía con ejercicios prácticos para profundizar. Pero su respuesta me tranquiliza en parte: en mayo se centrará en la teoría, lo que me quita un peso de encima. En mi fuero interno, no puedo permitirme sacar esas calificaciones.
Cuando ayer decía que el sello de lacre me salía perfecto era porque me concentraba en lo que estaba haciendo. Quizás porque lo hacía con algo de amor, sin pensar en más.
Cuando escribo, respecto a cualquier cosa, intento pulirlo mil veces en busca de esa perfección, y nunca estoy contenta. Tampoco me fío de opiniones ajenas cuando me dicen que está bien, sólo de las críticas constructivas que sirven para mejorar.
Cuando empecé este blog intentaba buscar la belleza utópica a través de las palabras, incluso al elegir una imagen busco esa pureza que se me escapa de las manos cada día.
Pero hay algo en lo que no he dado de mí todo lo que debería haber dado. Cuando te encuentras perdida en un abanico de opiniones divergentes e intentas buscar una solución mediante otras vías, no es correcto no responder, no dar las gracias. La ingratitud no va conmigo, pero tampoco me atrevo a dar las gracias. No me siento bien por ello. Sin embargo, sé que hay cosas que no pueden llegar a ser perfectas.
Porque la perfección no siempre es perfecta, pero la perfección, además, es un concepto subjetivo. Lo que me parece perfecto a mí no tiene por qué parecérselo a quien esté a mi lado. A veces, cuando has dado todo de ti, la gente que te rodea tiende a admirar lo que has creado, pero en el fondo sabes que siempre se puede dar más.
La perfección empieza en las pequeñas cosas, en los detalles rutinarios de cada día. Para hacer algo grande siempre hay que comenzar por lo que pasaría desapercibido.
Seguiré perfeccionándome cada día, sabedora de que hay cosas que jamás alcanzarán la perfección sublime.

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