
Todas los miércoles me paso por la imprenta a encuadernar los apuntes semanales. Es una costumbre que tomé en la universidad, ya no sólo por el hecho de contribuir al orden que rige lo que me rodea, sino por comodidad a la hora de ojearlo.
A la ida, me he cruzado con un chico que me ha mirado de frente, fijamente, un desconocido que no ha apartado los ojos aunque yo también le he clavado la mirada, esperando que remitiera la suya. Al regresar a la oficina, él también venía de frente y ha habido otro cruce de sables. Yo quería que él apartara la mirada, pero no lo ha hecho, y yo tampoco. Tenía fuerza esa mirada.
Pero conozco una única mirada que tiene una fuerza descomunal, impresionante, mucho más potente. Hace casi un año fue la mirada de un desconocido que derrumbó en cuestión de segundos todas mis barreras. Un año después ese desconocido ya no es un desconocido, y su mirada sigue teniendo una fuerza impresionante. Yo creo que me podría perder en esos ojos negros durante días.
Ya no me impresionan otras miradas, por mucha fuerza que tengan. Me sigue impresionando esa mirada en concreto, aunque en la actualidad me siento condenada a desviar mis ojos ante la fuerza de esa mirada.
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