A medida que iba subiendo a las aldeas, observaba la carretera serpenteante, discontinua, con baches, con alquitrán mal adherido, con líneas borradas, árboles en los dos lados, curvas y más curvas, sin saber lo que iba a venir después de la siguiente curva, pisando zapatilla, cruzando aldeas dejadas de la mano de dios. Y al fondo, la mole blanca de la montaña, en su dulce contraste con las oscuras cimas menos elevadas.
A veces, la vida es como esa carretera: a veces se estrecha presionándote por dentro, otras veces tienes que surcar esos baches, que vienen a ser los obstáculos a los que nos enfrentamos, otras veces nos resbalamos porque el alquitrán está mal adherido, algunas veces el horizonte es difuso porque la línea a seguir se encuentra borrosa, siempre queriendo llegar cuanto antes a tocar ese horizonte blanco, casi tan al alcance de las manos, pero que nunca llegas a tocar. Lo cierto es que nunca sabemos qué nos vamos a encontrar detrás de la siguiente curva.
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