jueves, febrero 04, 2010

Serenidad contagiosa

Desde hace meses y excluyendo los días que no he podido ir o que se me ha cambiado la cita, todos los jueves acudo puntual a las tres de la tarde a la peluquería. En mi camino, hasta la semana pasada, no me encontraba con nadie. Al igual que el jueves pasado, nos hemos vuelto a encontrar, casi en el mismo sitio, con una ligera diferencia: él no se iba, sino que venía. No sé si le he llamado o si he pensado en llamarle. De repente, me he encontrado con sus ojos mirando hacia atrás, esa mirada llena de serenidad, de tranquilidad, de bondad. Debería estar nerviosa, pero ese encuentro con él me ha transmitido calma, sin proponérselo él, sin proponérmelo yo. Calma... justo lo que necesitaba para una tarde como hoy.
Y sorprendentemente no me ha temblado la voz. Es más, creo que no me tiembla cuando no me da tiempo a pensarlo. Pues hace una semana, desde que le vi hasta que me encontré con él, me dio tiempo a pensar en que era inevitable que nos cruzáramos. Hoy ha sido todo repentino.
También me sorprende pensar en su voz. Invita a la tranquilidad, invita a la paz, invita a abrazarle, a acariciarle, a... Sí, invita a quererle, aunque en este sentido no es únicamente la voz, sino todo él en sí mismo. Calma... eso es lo que me ha regalado esta tarde el hecho de encontrarme con él. Y la sonrisa. Adoro esa dulzura que emana de él.

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