
Iré con las manos vacías, si acaso con unas páginas fotocopiadas en proporción 1/4 para que ocupen menos. A eso de las 13.30h. me iré de compras seguramente. No hace falta ser adivino para deducir con quién me iría de compras. Incluso me sacrificaría, como cuando voy con mi hermano pequeño y siempre termina comprándose él y recomendándole yo. Me seduce esta idea. Es posible que algún día le sugiera la posibilidad de irnos de compras juntos. Me gustaría ir con él, como me gustaría igualmente hacer otro millón de cosas junto a él, compartir un millón de cosas más con él...
Supongo que también me pasaré por Sanchos Ochoa y saldré con alguna bolsa sin poder evitarlo. Aunque de momento estoy servida con el libro de Mario Conde.
Y mañana a estas horas creo que estaré de fiesta, o jugando a las cartas, o en cualquier parte del mundo menos delante del ordenador. Es un pequeño descanso. Me sentiré algo más libre, algo más relajada, y podré permitirme soñar 28 horas al día con él, porque contaré con tiempo contante y sonante para dedicárselo a él.
Hace meses, un viernes por la noche, estaba hablando con alguien en un bar. Al fondo, sin que yo les hubiera visto entrar, había dos personas. Cuando me di cuenta, me acerqué lentamente. Pasé un brazo por los hombros del que estaba de espaldas y sentí un escalofrío, se me erizó el vello de la piel y entonces comprendí que era real, que no se trataba tan sólo de una ilusión. Ese momento vuelve a mí una y otra vez, quizás es porque ahora no me atrevo a tocarle, aunque en el fondo me moriría por hacerlo. Y aún hoy, varios meses después, cuando recuerdo ese instante en que volví a verle después de mucho tiempo, el contacto de mi brazo rozando sus hombros, igual que aquella noche, se me vuelva a erizar la piel, siento que un escalofrío recorre toda mi espina dorsal. Es un recuerdo muy vívido.
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