
Da igual que haga frío, porque ese frío tiene otra cara cuando el sol se deja ver entre las nubes. El sol da alegría.
En cierto momento me he encontrado con una persona, claramente relacionada con él y, más arriba, estaba su coche. Ha sido todo en cuestión de minutos y entonces he sentido su abrazo protector, su cercanía, su inherente proximidad.
En esos instantes, cuando sé que está a tan sólo unas puertas de distancia, apetece llamarle y quedar con él a tomar un café. No sé por qué nunca lo hago y siempre digo que me gustaría hacerlo. No es temor a que me diga que no puede o que tiene mucho que hacer. Es otro tipo de temor: ser consciente que me tiembla la voz o las manos delante de él, saber que le estoy robando unos minutos que para él pueden ser cruciales, desviar la mirada porque no me atrevo a mirarle fijamente y es que si me obligara a mirarle siento que sus ojos no encuentran obstáculos para leer en mi interior. Podría imaginar sus caricias y estoy segura de que a él no le pasaría desapercibido en qué estoy pensando. Y, sin embargo, mis ojos no se desvían de forma premeditada. Es una de las pocas personas ante quien no me importa ser tan cristalina.
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