
Por las mañanas es más habitual, pero por las tardes no suelo dejar la oficina para tomar un café. En cambio, hoy, al venir mi padre a verme e invitarme a un café me apetecía estar cinco minutos con él, charlando sobre cualquier cosa. Seguramente alguien habrá llamado en esos cinco minutos, aún no lo he comprobado.
Se le llama desconectar. Mi padre nunca me falla en momentos de desidia moral y, aunque no me lo diga, se lo huele.
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