
Hoy es uno de estos días que te centras en el trabajo y, cuando te quieres dar cuenta, ya ha pasado la mañana. Que pase la mañana tan rápidamente un viernes significa que me quedan horas para dedicarme al fin de semana. Un fin de semana que se prevé tranquilo en lo que respecta a la fiesta, aparte de que no tengo ganas de jarana. Tampoco tengo ganas de estar con gente, aunque sé que pasaré muchas horas con mis amigos en el bar o en la ermita, quizás con una mirada más sombría que de costumbre, despejándonos con juegos de cartas, quizás con una copa antes de marchar a casa. Mis amigas me lo van a notar, pero ¿qué decirles? La verdad es que prefiero guardármelo todo para mí. Así que tendré que hacer un gran esfuerzo para que nadie note esa tristeza latente.
Hoy es uno de esos días en que lo único que te apetece es alejarte de todo. Pero soy consciente de que alejarse no es una solución, más bien es una huida. Es peor huir. En cierto modo, al no salir de fiesta estoy huyendo. Aunque quizás por la noche vea todo de diferente color y termine de bar en bar. ¿Quién me dice entonces que, al segundo bar, me dé la vuelta y me termine marchando a casa como hace unas semanas? Es que si no hay ganas de fiesta, es mejor dejarlo pasar.
Estoy un poco negativa. Diría derrotista si no fuera porque tiendo a hacer que todo me salga bien y nunca admito derrotas, a no ser que ya se hayan hecho efectivas.
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