
En algún sitio he leído que el dolor es necesario porque nos conciencia de estar vivos. Quizás haya parte de razón en eso, ya que cuando somos felices apenas reparamos en el tiempo que dura por efímero. Por lo general, la felicidad sólo terminamos apreciándola cuando ya ha pasado. En mi caso particular, intento ser feliz cada día, aunque no siempre sea fácil. Quien ha conocido el dolor termina valorando la felicidad cuando esta llega.
Ser feliz es un concepto subjetivo. Hay quienes necesitan todo un mundo material para serlo, pero en el fondo de su corazón no se sienten felices; realmente se engañan adquiriendo todo tipo de caprichos para llenar el vacío. Creo que no se necesita mucho para ser feliz.
En los últimos meses yo he conocido diversos grados de felicidad. Y esa felicidad ha venido a través de dos canales: uno, donde he hecho lo imposible por mantener el alma en un estado optimista, sin permitir que se contaminara por residuos externos, por malos pensamientos, por malas influencias o por opiniones negativas; el otro ha llegado a través de una persona que me aporta, en sí misma, una felicidad que él mismo desconoce. La felicidad óptima en mi vida sería mezclar esos dos elementos, aunque con uno solo de ellos ya me siento pletórica. Es cierto que cuando esa persona ha estado presente sentía algo mucho más desbordante, solamente porque se habían cruzado esos dos caminos.
De todas formas, hay quienes siempre están buscando una felicidad que incluso llegan a descubrir como una utopía. La felicidad está en nosotros, en todo lo que nos rodea. Otra cosa es que nos conformemos con lo que nos aporta la vida o que no nos conformemos. Eso es algo que está en cada persona.
En estos momentos soy feliz, sé que podría serlo mucho más, pero también que podría no serlo.
Felicidad... es necesario valorarla de vez en cuando.
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