viernes, marzo 12, 2010

El Guardián de la Flor de Loto


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He tardado mucho tiempo en leer este libro y con mucho tiempo me refiero a que una novela de 400 páginas aproximadamente me ha retenido más de una semana, cosa poco habitual. La razón es que la forma de narrar de Andrés Pascual me resulta lenta, aburrida, repetitiva y previsible. Es un libro que me produce somnolencia, aunque lo que es la historia en sí misma no está mal, sólo que podría haberse narrado con un estilo más ameno. Estos últimos días lo he apartado de mí siempre con ganas, aunque al final, ahora que lo he acabado, puedo decir que tampoco es tan decepcionante, pero eso lo puedo decir ahora, que ya lo he terminado.
Alguien que ya se lo había leído, cuando me escuchaba criticar al autor, lo pesado que me resultaba leerle, me decía que estaba predispuesta negativamente respecto a ese libro. Pero no es así, yo siempre cojo un libro con ilusión y con ganas, a medida que voy dejando atrás capítulos me hago una idea de lo que me puede deparar y si merece la pena leerlo, o si me está sumiendo en el más profundo aburrimiento. Éste es aburrido, para la acción que tiene carece de acción, cuando habla de los lamas no profundiza y las descripciones son someras y frías. Aunque todo gira en círculos a través de la religión tibetana, parece como si estuvieras leyendo una historia muy lejana.
También hay una historia de amor, que decepciona por insulsa. La enfermedad de la cría resulta indiferente, podría haberse obviado en la historia.
Hay dos personajes secundarios que atraen la atención del lector por su magnetismo, por su misterio implícito: el pintor de mandalas y el jefe de los kampas. El pintor de mandalas debe ser más viejo que Matusalén, pero ahí está (viviendo del aire); el jefe de los kampas atrae porque es un guerrero de los que ya no existen, pero el ardor por la guerra lo conjuga por el amor incondicional que siente por su hija. Atraen mucho más que los protagonistas.
Lo más importante, sin duda alguna, es la lección moral que llega al final: todo está en nosotros mismos.

La flor de loto es el símbolo máximo de la pureza y la santidad, ya que florece en todo su esplendor hasta en las aguas más corrompidas sin perder un ápice de su belleza. Esa flor de sublime belleza es el ser vivo que mejor puede representar el legado inmortal del pueblo tibetano”.

Jacobo es un joven español afincado en Puerto Maldonado (Perú), junto a su mujer Martha y su hija Louise. Juntos realizan labores humanitarias y en tierras peruanas llevan adelante una escuela. Con ocasión de un viaje de Jacobo a Estados Unidos, su mujer le llama para que se haga cargo del cadáver de un lama que ha sido asesinado en Boston, Lobsang Singay, un lama médico que ha conseguido unir los medios de curación budistas con la medicina de los países desarrollados. En la conferencia que pretendía dar en Boston iba a hablar de que la curación llega con la unión del cuerpo y la mente. Pero fue asesinado.
Jacobo tiene que acompañar el cadáver hasta la India, donde le espera su suegro Malcolm, íntimo amigo del fallecido. Allí entra en contacto con los lamas y conoce a Luc Renoir, delegado de la Unión Europea, que le facilitará toda la documentación que necesite para moverse por aquellas tierras. Sin embargo, cuando llega a Dharamsala, descubre que uno de los termas de los lamas sigue escondido en un antiguo monasterio del Tíbet. Un terma que trata sobre la magia, un cartucho de pergaminos que daría poder al Dalai Lama para poder regresar a su tierra, ahora ocupada por el ejército chino. Así que Jacobo vuela hasta Pekín, acompañado por Gyentse, un lama que se ha erigido en su maestro y que además le ha salvado de la muerte. Desde allí, burlan los controles del ejército chino para llegar hasta el corazón del Tíbet, al antiguo monasterio de la infancia de Singay, destruido por el ejército revolucionario de Mao. Y en una gruta encuentran al pintor de mandalas, que les entrega el extraño cartucho y le explica a Jacobo que ahora es él el guardián de la flor de loto, que ha sido elegido para proteger ese terma que tiene entre las manos. En su trayecto a través del Tíbet tienen que cruzar diversos controles de soldados chinos, que les persiguen a lo largo y ancho de todo el país, buscando lo mismo que ellos. Junto a unos guerreros kampa cruzan las montañas y sobreviven a un alud. Y en la tierra conflictiva de Cachemira, antes de llegar a la India, son acogidos por los campesinos. Gyentse cree llegado el momento de despedirse de su amigo, porque en aquel lugar le necesitan para enseñar su sabiduría. Jacobo sigue su camino y llega a Delhi, donde le recoge Luc y, poco tiempo después, está a punto de ser asesinado. Finalmente llega al barrio tibetano, donde les roban el cartucho y matan a varios lamas. Jacobo descubre que es Luc el traidor, el que ha asesinado a tantas personas relacionadas con Singay y, cuando aparece en su oficina, Luc tiene una pistola y está dispuesto a matar a Jacobo. Pero antes quiere enseñarle el contenido del cartucho. Cuando lo abre no hay nada de lo que esperaban, en su interior sólo hay arena, porque los mandalas de arena también se deshacen con el viento y la sabiduría tibetana no puede escribirse en pergaminos, sino que se hace día a día. Luc se pega un tiro y Jacobo cree llegado el momento de volar hasta el otro lado del mundo para reencontrarse con su mujer y su hija.

Un hombre que vivía en un país donde no existían árboles de sándalo llevaba tiempo obsesionado por saber cómo olía aquella madera, ya que mucha gente le había contado maravillas acerca de su exótico aroma. Para ello consultó con su maestro, el cual se limitó a regalarle un lápiz. Un poco decepcionado, el hombre usó el lápiz para escribir a sus amigos de otros países pidiéndoles que le mandasen un pedazo de la anhelada madera. Escribió una carta tras otra, pero nunca obtenía contestación. Sin embargo un día, mientras mordisqueaba el lapicero pensando en quién le quedaba por escribir, percibió un dulce perfume. Fue entonces cuando se dio cuenta de que siempre lo había tenido en sus manos. El perfume que le embriagaba surgía del corazón de su propio lápiz de sándalo”.

En la soledad de las montañas los tibetanos no disponen de otra cosa salvo de su propia voluntad, pero saben que con ella les basta para alcanzar la verdad. Todo lo demás desaparece con el tiempo. Para llegar a la verdad de las cosas, sólo disponemos de nuestro propio potencial como personas, de la libertad inherente a la condición humana. Y hemos de hacer uso de ese potencial para crecer y aprender, aplicándolo día tras día en cada uno de nuestros actos. Todo lo importante está dentro de nosotros mismos, y todo lo que viene de fuera no tiene ninguna validez.

No se puede escribir el amor, ni la muerte, ni los secretos de la vida, ni siquiera a través de la poesía. Hay que construirlos a cada momento, con cada pequeña acción, aprovechando la libertad que nos ofrece nuestra condición humana”.

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