Kyoto es una de las ciudades más majestuosas de Japón. Al no ser apenas bombardeada en la IIª Guerra Mundial, Kyoto conserva intactos casi todos sus edificios, el legado de la ciudad que fuera antigua capital imperial.
La ciudad fue fundada en el año 794 como Heian-kyo (capital de la paz y la tranquilidad). Se construyó según el modelo de las ciudades chinas creadas en la dinastía Tang. Los urbanistas de la corte de Kanmu eligieron cuidadosamente el emplazamiento de la ciudad. Según las antiguas profecías, ese sitio debía estar rodeado de montañas por tres de sus lados y encontrarse cerca de un lago o un río. Tenía que estar situada en un bello paisaje natural. Así es Kyoto: rodeada de montañas por tres de sus lados y con un enorme río que fluye de norte a sur. Con el crecimiento de la población, la higiene se convirtió en un problema, sobre todo cuando se desbordaba el río Kamo. Ante esto, crecieron los festivales destinados a aplacar a los espíritus responsables de las enfermedades y de otras catástrofes, que dieron lugar al desarrollo de una apretada red de rituales y costumbres que hoy día siguen conservándose (matsuri).
La guía que teníamos en Kyoto explicando una de las puertas del Palacio Imperial
La cultura de Kyoto evolucionó con una amalgama de influencias, destacando las de la corte imperial y la nobleza. Después llegaron los samuráis, mecenas del budismo zen y de la ceremonia del té. Los mercaderes también tenían su influencia, en especial los tejedores de seda. La ciudad fue reducida a cenizas varias veces por terremotos, incendios y la guerra civil de Onin. Durante el período Edo el poder pasó de Kyoto a Tokio. Kyoto perdió la capitalidad en 1868.
Llegada a Kyoto
Es una ciudad muy simple para guiarse por ella, pues está construida en cuadrícula, por lo que carece del sistema de orientación lógico que hay en el resto de ciudades japonesas. Las viviendas y las tiendas se organizan en cho (barrios), muchos de ellos constituidos por los límites de los gremios medievales.
Además, cuenta con una multitud de espacios verdes. En Kyoto es habitual ver japoneses con el traje tradicional japonés. También es en Kyoto donde se concentran la mayoría de geishas (sobre esto haré una matización más adelante) que aún existen en Japón, pese a los adelantos del siglo XXI. Kyoto es la viva tradición de aquel país que se creó a sí mismo. Durante siglos, Japón no tuvo relaciones con el resto de países y todo aquel extranjero que osaba entrar en el país, era llevado hasta el sogún y asesinado después (si Cristóbal Colón hubiera ido por el Este y llegado a tierras niponas le hubieran cortado la cabeza). Los restos de aquel remoto pasado en que el país permanecía aislado del resto del mundo se pueden observar en Kyoto. Es la ciudad que tiene muy presente el vivo recuerdo de aquel pasado que aún está muy presente entre los japoneses. Y algo que debo decir es que a los habitantes de Kyoto no les gusta que sea Tokio la capital de Japón, pues creen que debería ser Kyoto por derecho propio.
Inmensa fila en dirección a la tienda, que era el edificio de las letras fucsias
Llegué a Kyoto un día que llovía a raudales. Allí me vi obligada a comprar un paraguas que unos días después terminé perdiendo en otra ciudad. El día que llegué era domingo. Se veía que era una ciudad populosa. Desde el hotel se veía pasar tal cantidad de gente que pregunté qué era lo que ocurría (realmente sólo se veían paraguas, porque allí todo el mundo lleva uno) y me dijeron que se inauguraba una tienda al lado del hotel. Había estallado la locura: todo el mundo iba en dirección a la inauguración de la tienda (era de ropa).

Una de las cosas de las que nos hablaron en Kyoto fue de las geishas. ‘Geisha’ es un término que significa “hija de las artes”. En Occidente hay un concepto erróneo respecto a estas mujeres dedicadas al entretenimiento. Las mujeres criadas desde niñas en el arte del amor para entregarse a un hombre cuidando todos los detalles destinados a la intimidad sexual son las “geishas onsen”. Existen, claro que sí, pero son las menos. Hay tantos tipos de ‘geishas’ como tantas clases de entretenimiento. ‘Geisha’ es el término más general, que incluye a todas estas mujeres; se trata de una animadora profesional cuyos conocimientos de las artes tradicionales, agudeza verbal y habilidad para guardar un secreto le ha ha ganado el respeto, y en ocasiones el amor de sus elegantes y, a menudo, influyentes clientes. La profesión data del siglo XVII y se desprestigió por las actividades de las “geishas onsen”. Sin embargo, allí ‘geisha’ es un concepto poco utilizado, ya que allí diferencian entre ‘geiko’ y ‘maiko’ y ellas prefieren llamarse así. ‘Maiko’ es una aprendiz de ‘geiko’ y ‘geiko’ es aquella ‘geisha’ que ha alcanzado la sabiduría necesaria para entretener, que son verdaderas maestras educadas en todas las artes: danzar, cantar, tocar instrumentos musicales… Se las puede encontrar en los ryotei (restaurantes japoneses), ochaya (casas de té y viviendas de geishas) y ryokan (posadas de lujo). Yo no vi ninguna.
Las ‘geishas’ se caracterizan por llevar la cara blanca y los labios pintados de rojo; son ideales de belleza clásicos en Japón. Sólo la nuca, considerada una zona muy sensual, se queda sin pintar. El pelo es natural y lo adornan con diferentes horquillas según la estación del año.
Las ‘maiko’ de Kyoto llevan un bordado en el cuello, un tocado de pelo especial, una obi (faja) colgante muy larga, zuecos koppori altos. Cuando se convierten en auténticas ‘geiko’ cambian el cuello bordado por uno blanco, tradición conocida como eri-kae (cambio de cuello). También la obi se acorta cuando se convierten en ‘geikos’.
Uno de los rituales más interesantes de Kyoto es el ceremonial del té (yo lo vi en Tokio, por lo que hablaré al respecto en unos días). El ceremonial del té es todo un ritual lleno de símbolos: cada cosa tiene su lugar y su momento. Si un japonés te invita a tomar el té recién hecho en su casa es un orgullo, y sería una descortesía rechazarlo.
La mejor guía de todos los que tuvimos en Japón fue la de Kyoto. No lo digo sólo por su simpatía o su cercanía, sino porque nos contó tal cantidad de historia que tendría que haber aburrido, pero no, sabía cómo contarlo y, por decirlo de alguna manera, ‘enganchaba’. Se despidió con un origami. Antes de visitar Japón, ya sabía lo que era un origami, pero para quien no lo sepa, explico que es una figura hecha de papel (muy típico de allí). El de ella eran unos labios de papel que movía con las manos.
Lo primero que vimos es un palacio de ensueño: el Castillo de Nijo. Y éste es, sin duda alguna, uno de los edificios japoneses que más me gustó, quizás porque me sentí desplazada a épocas remotas. También fue el primer lugar donde tuve que descalzarme, el primero de muchos. Se trata del palacio de los samuráis. Todo construido en madera, está rodeado por un impresionante foso.
Samurái en la entrada, que revisaba la identidad de los visitantes
El castillo original fue construido en 1603 como residencia oficial del primero de los sogunes Tokugawa, Ieyasu. Se completó dos décadas después, bajo el liderazgo del tercer Tokugawa, Iemitsu, quien añadió elementos copiados del Castillo Fushimi (sito a las afueras de Kyoto). El Castillo de Nijo es uno de los mejores ejemplos de los inicios del período Edo y de la cultura Momoyama en Japón, caracterizados por utilizar espléndidos diseños arquitectónicos, lujosas pinturas y magníficas esculturas.
Puerta de entrada al Castillo de Nijo
A mí aquí me picaba la curiosidad porque había leído que al suelo se le denomina “suelo del ruiseñor”. Cuando lo leí me sorprendió, pero cuando caminábamos por los pasillos el suelo no crujía, sino que sonaba como si fueran trinos de pájaros.
El calzado se dejaba a la entrada; las mías son las Puma rojas
No sé si sabré explicarlo, pero el suelo, creado para escuchar a cualquiera que entrara al palacio a hurtadillas, y que se pudiera escuchar en todos los sitios del palacio, tiene debajo una especie de clavijas que se van moviendo a medida que algo toca el suelo, con un espacio para que la tabla que forma el suelo pueda moverse. Las clavijas se van moviendo en varias direcciones y éstas son las que crean ese sonido peculiar. En resumidas cuentas: al palacio de los samuráis no se podía entrar sigilosamente.
El complejo de Nijo lo ideó el sogún Tokuyama Ieyasu (siglo XVI) como símbolo de poder y riqueza del sogunato recién establecido en Edo. El nieto de Ieyasu, Iemitsu, encargó a los mejores pintores de la escuela de Kano la decoración de los salones de recepciones en previsión de una visita imperial. Por ironías del destino, el propio sogún Tokugawa se rindió en este castillo ante el emperador Meiji en 1867. El Castillo se cedió a la ciudad de Kyoto con el nombre de Castillo de Nijo en 1939. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Los Kano, pintores pertenecientes en su origen a una familia de samuráis de clase baja, ganaron protagonismo en el siglo XV con sus paisajes de estilo chino, sus paisajes figurativos y sus escenas de aves y flores. Las pinturas del castillo de Nijo son las más grandes de las obras realizadas por la Escuela Kano.
Así, las primeras salas estaban destinadas a embajadores extranjeros, y las pinturas (todos los murales de las paredes estaban decorados con pan de oro) eran aquí agresivas: tigres, panteras…, mientras que, a medida que ibas viendo el resto de salones, las pinturas cada vez se iban convirtiendo en figuras más delicadas, como pájaros o flores. Hay que hacer una apreciación, ya que cuando se pintaron los murales de los felinos, los artistas japoneses confundían los leopardos con hembras de tigre. Aquí están representados.
Representación ficticia del sogún con señores feudales rindiendo pleitesíaNo se podían hacer fotos dentro del recinto.
Las salas de recepción Ninomaru están ubicadas en un grupo de edificios comunicados por galerías de madera cubiertas y decoradas. La primera gran sala (Ohiroma Ichi-no-ma) está formada por varios maniquíes de daimios (señores feudales) que presentan sus respetos al sogún, localizado en un estrado.
Aquí vivía el sogún, uno de los personajes más influyentes de Japón durante siglos. El sogún era el líder de los samuráis. El poder se alternaba entre dos focos importantes: el emperador y el sogún.
Jardín en el Castillo de Nijo; los árboles se talan en horizontal, de ahí que se queden con esa forma tan original, que busca, ante todo, la belleza
Sobre esto, debo decir que los japoneses se sientan sobre los tatamis con la espalda recta y las piernas cruzadas. Es la postura seiza. Lo digo porque en algunas salas había recreaciones del shogun con mujeres o con embajadores y esa forma de sentarse también se veía entre la gente en cualquier calle o en cualquier rincón de Japón.
Allí nos explicaron lo que era el harakiri. Los samuráis, guerreros orgullosos de serlo, antes de caer en manos enemigas practicaban el harakiri, que consistía en cortarse el vientre, lo que era una forma de restablecer el honor. Era un suicidio demasiado sangriento.
Había un jardín con un estanque lleno de puentes y figuras de piedra. En ese estanque, que recuerda a la filosofía zen por la tranquilidad que aporta, están representados los cinco continentes y tiene piedras traídas de un sinnúmero de países.
El siguiente lugar que visitamos fue el templo Rokuon-ji, también conocido como Kinkaku, que es el sitio donde se ubica el famoso Pabellón Dorado. Situado en medio de la floresta japonesa y sobre un lago, sólo se ve el exterior, pero impresiona cuando aparece ante los ojos.
Pabellón Dorado
El Pabellón Dorado se erigió como lugar de retiro del sogún Ashikaga Yoshimitsu a finales del siglo XIV. Este sogún renunció a sus deberes oficiales, aunque no al poder, y se ordenó sacerdote a la edad de 37 años. Se convirtió en un templo zen y actualmente es uno de los símbolos de la ciudad de Kyoto. Está completamente recubierto de pan de oro y coronado por un fénix de bronce.
Japoneses con el traje tradicional
Más tarde, el sobrino del sogún intentaría construir, en honor a su tío, el Pabellón Plateado, que llegó a construir, pero nunca se llegó a revestir de plata, aunque se le conoce así. Este último no lo vimos, aunque también está en Kyoto.
Desde el autobús pasamos por el Paseo del Filósofo, que sigue un canal bordeado de cerezos. La ruta debe su nombre al profesor de filosofía de la Universidad de Kyoto Nishida Kitaro, que solía recorrerlo cada día para mantenerse en forma. Es el paseo preferido de los enamorados en primavera, cuando los cerezos se llenan de flores, y es un lugar salpicado de cafeterías, tiendas de artesanía, restaurantes y boutiques.
Entrada al Palacio Imperial
Luego fuimos al Palacio Imperial. Antes de entrar tuvimos que rellenar un formulario diciendo de dónde veníamos y dónde nos alojábamos. Nos colocaron en filas como si fuéramos soldados y fueran a pasar lista de un momento a otro.
Palacio Imperial desde la Puerta Kereimon
Dentro del recinto se encuentran el Palacio Imperial (Kyoto Gosho), rodeado de majestuosos pinos, y el palacio del Emperador Retirado (Sento Gosho). Las puertas son tan impresionantes como grandiosas. Entre ellas destaca la puerta Kereimon, que sólo puede ser utilizada por el emperador. También había otra puerta destinada a la emperatriz.
En uno de los patios se practicaba el Kemari, denominado así un juego que practicaban los cortesanos y también al espacio donde se jugaba. El juego consistía en ir pasándose entre todos una pelota de cuero, evitando que ésta cayera al suelo. Hoy en día todavía se juega al Kemari.
El Palacio Imperial me resultó decepcionante: había mucha policía (porque se usa para actos oficiales) y sólo vimos el exterior del edificio, que aparte de su inmensidad no tenía mucho más. Lo que más merecía la pena del Palacio Imperial eran los alrededores, con amplios espacios donde crecían árboles de variedades diversas.
De allí nos fuimos a comer al Kyoto Handicraft Center, un lugar que tenía como siete u ocho pisos llenos de tiendas de souvenirs. En el último había un cibercafé, el único que vi allí, y los ordenadores tenían teclados con nuestras letras únicamente. En este lugar fue uno de los primeros donde empecé a comprar regalos para traer y me pidieron el pasaporte. Les dije que no lo tenía y me dijeron que no me podían vender nada entonces. Bien, entonces se me ocurrió la genial idea de que llamaran al hotel, les explicaran la situación y les dieran mi número de pasaporte. El documento que allí me entregaron debía mostrarlo en la Aduana del aeropuerto. Entonces creí que me iban a cobrar avales, pero no era eso. Lo que realmente decía el documento, tal y como me explicó la asistente que me acompañó al autobús del aeropuerto, es que yo llevaba en la maleta recuerdos de Japón que eran souvenirs y que no iba a comerciar con ellos. De hecho, en Narita, entregué el documento… sin más. Y en paz.
Por la tarde fuimos a la zona de Okazaki. En esos momentos yo desconocía dónde estábamos. El caso es que tuve que mirar un panel de información para automóviles donde decía en qué zona estábamos. Llegábamos al santuario Heian, sintoísta. Es uno de los santuarios más grandes y recientes de Kyoto, construido a finales del siglo XIX para alimentar la moral y la economía de la ciudad, bastante minadas después de que se le condeciera la capitalidad a Tokio. Con sus pilares bermejos y sus tejas verdes, el santuario rememora la dinastía Tang de China.
Puente cubierto en medio del estanque
Tenía un estanque grandísimo, por el que cruzaba un puente de madera cubierto. Era todo muy idílico. Una de las cosas que hay que decir sobre los numerosos jardines y parques japoneses es que no se ven animales en ellos. Cualquiera podría pensar que allí había cisnes o patos, pero no. Yo creo que esto influye en esa paz que se encuentra en los jardines japoneses: si hubiera animales en ellos no brindarían tanta tranquilidad.
Tenía un estanque grandísimo, por el que cruzaba un puente de madera cubierto. Era todo muy idílico. Una de las cosas que hay que decir sobre los numerosos jardines y parques japoneses es que no se ven animales en ellos. Cualquiera podría pensar que allí había cisnes o patos, pero no. Yo creo que esto influye en esa paz que se encuentra en los jardines japoneses: si hubiera animales en ellos no brindarían tanta tranquilidad.
Y después fuimos al templo Sanjusangen-do. Es el único lugar donde se nos prohibió hacer fotos porque no se le podían hacer fotos a Buda. Allí entramos en una sala vastísima llena de estatuas de Kannon, diosa de la piedad y la misericordia (hay 1001 estatuas), caracterizada por un sinfín de brazos. Todas las estatuas tienen diferentes rasgos faciales, aunque, a simple vista, parecen todas iguales. La hilera de estatuas reluce en la más recalcitrante oscuridad. El templo es la estructura de madera más larga del mundo. Su nombre proviene de los 33 (sanjusan) espacios existentes entre los pilares del edificio. A Kannon se le atribuían 33 manifestaciones, por lo que sus devotos invocaban la piedad de 33.033 kannones.
En medio de la sala había un Buda (no tan grande como el de Nara), rodeado de velas, en cuya cabeza había otras tantas estatuas. Allí algunos se arrodillaban llorando de fervor religioso.
Las estatuas de Kannon y el Buda estaban protegidos por los guardianes celestiales, que tenían ojos negros de cristal. Nos comentó la guía que eran la representación de la destrucción. Realmente eran un poco grotescos.
Terminamos el día en el templo de Kiyomizu, que se eleva sobre pilotes de madera de diferentes alturas y tiene más de mil años de antigüedad. Durante años, los peregrinos han ascendido la pendiente para orar ante la imagen de once cabezas de Kannon y beber del manantial sagrado; kiyomizu significa “agua pura”). La terraza del pabellón principal, un milagro de ebanistería sin clavos, nos brinda magníficas vistas de Kyoto. Me decepcionó, no me esperaba aquello que vi: lleno de colegiales japoneses enfrascados en delirios de amor.
Cerca del templo se encuentra el santuario Jishu, un recinto donde se vendían amuletos de amor. A la entrada de aquel templo escribí un deseo en una tablilla.
No podía marcharme de Japón sin haberlo hecho una vez al menos, ya que es algo que estaba en todos los santuarios sintoístas. Allí sí que había talismanes y amuletos. Los sacerdotes sintoístas hacen allí el agosto con los escolares. Era como un parque de atracciones donde, si deseabas alguna virtud, sólo tenías que intentar realizar tareas casi imposibles para que alguien ahí arriba te la concediera. Bajando de Kiyomizu había una calle típica de tiendas. Vendían y te ofrecían té verde (muy apreciado en Japón). Entré en una tienda sólo para ver a Totoro con unas dimensiones exorbitadas (de peluche, por supuesto) y, de paso, hago un guiño al sublime Hayao Miyazaki.
Por último, debo hablar de los ‘matsuri’, porque en uno de los montes de Kyoto se podía ver una estrella entre los árboles que se enciende en llamas en los célebres festivales japoneses conocidos como ‘matsuri’.
La palabra ‘matsuri’ (festival o culto) es de origen sintoísta. Algunos de estos festivales se celebran a nivel nacional, otros son exclusivos de templos individuales. Los ‘matsuri’ expresan la unión entre lo humano y lo divino y a menudo están relacionados con el arroz (sobre todo, en la plantación y en la cosecha) o con eventos históricos. El objetivo de los ‘matsuri’ es mantener la buena fe en los dioses (kami). Todos los ‘matsuri’ siguen un proceso básico: la purificación, a través del agua o el fuego (en Kyoto era mediante el fuego), las ofrendas y una procesión en la que el kami es invocado en el santuario y trasladado en un templete portátil (mikoshi) a una residencia temporal donde se celebran danzas o tiro con arco. Más tarde, el kami regresa a su santuario.
El de Kyoto se llama Aoi Matsuri (Festival de la Malvarrosa) y nació en el siglo VI. Los participantes desfilan desde el Palacio Imperial a los santuarios de Shimogamo y Kamigamo, recreando el viaje de los mensajeros imperiales que eran enviados para aplacar a los dioses. Por la noche se prende fuego a la montaña, en la que previamente se ha creado un ‘cortafuegos’ con forma de estrella. Lo vimos desde el autobús.
Zona de Kiyomizu:
3 comentarios:
Impresionante. Me ha gustado especialmente la quinta foto ^^
La quinta no es mía, esa y la de las estatuas que están arrodilladas frente al sogún. Yo no vi geishas por la calle, aunque no me hubiera importado, y en el Castillo de Nijo no podían sacarse fotos.
Las dos imágenes las he encontrado en internet.
La que están arrodilladas si que se nota, porque tiene un reborde blanco, pero la otra da todo el pego porque es del mismo tamaño y todo (aunque lo mismo la has ajustado). Una pena que no se pudiera hacer fotos para traerte un recuerdo. Y una pena no haber visto ninguna Geisha, pero tienen un estilo de vida tan particular...
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