No recuerdo la hora que era cuando nos despertamos, yo encima de una litera a un palmo del techo, al día siguiente de la llegada. Posiblemente fueran las 8.30h. ó 9.00h. El caso es que no fue la alarma de mi móvil y salí de la cama rauda para que nadie ocupara el baño.
Antes de marcharme por la puerta se me ocurrió decir que ya les daría un toque a lo largo de la mañana.
La noche anterior me había fijado en la esbelta torre que sobresalía por detrás del impresionante edificio de la Bolsa (Bourse-Beurs). Y sabía de dónde era esa torre, porque a esas alturas ya me había hecho una idea de los edificios más emblemáticos de Bruselas.
El Palacio de la Bolsa, que preside la plaza homónima, fue construido por el arquitecto Léon Suys en estilo paladiano (1867-1873). Son característicos los bajorrelieves que decoran la fachada. Se cree que el gran escultor francés Auguste Rodin realizó los grupos que representan África y Asia, así como las cariátides interiores. Bajo la columnata dos bellas figuras aladas, obra de Jacques de Haen, representan el Bien y el Mal.
En su día sede de una actividad comercial frenética, hoy alberga las oficinas de Euronext, propietarios de la Bolsa de Valores de Bélgica, y todo el comercio está informatizado.
Me dejé guiar por aquella especie de faro que se veía desde tantos sitios y llegué a la Grand Place, que es el corazón de la ciudad y, por supuesto, el primer lugar adonde acuden todos los visitantes. Yo iba a desayunar mientras observaba, impresionada, aquel espléndido rincón inabarcable para la vista o, al menos, imposible para abarcar en una única fotografía. Mi primer desayuno en Bruselas fue un gofre típico junto al café con leche (uno de los pocos que tomé sin aguar). No volví a probar un gofre más en todo el viaje: empalagoso y aceitoso, y con lo rarita que yo soy para los dulces… no hay mucho más que decir.
La animada plaza adoquinada –y es que allí todos los núcleos turísticos están adoquinados y, aunque no lleves tacones, los pies terminan también resintiéndose- continúa siendo el centro cívico después de muchos siglos. Posee un conjunto arquitectónico del siglo XVII bellísimo, y no exagero, que yo me quedé embobada, sobre todo al parar en cada fachada y mirar hacia arriba, cada ventana, cada ornamento, cada figura...
En este lugar y en sus alrededores se celebraban mercados al aire libre desde el siglo XI; a finales del siglo XV se levantó el edificio del Ayuntamiento (Hôtel de Ville), que estimuló la construcción, en muy distintos estilos, de las sedes gremiales de los mercaderes de la ciudad. En 1695 el fuego de los cañones franceses acabó con muchos edificios de esta plaza. Los mercaderes se aprestaron a reconstruir sus sedes, según los planos aprobados por el municipio, y compusieron el armonioso conjunto de edificios que hoy se puede contemplar.
En los años pares, el centro de la plaza se cubre con una alfombra de flores. Así que este año no tocaba.
Desayuné en el bar más famoso de la Grand Place, llamado Le Roi d’Espagne. Sobre la puerta se ubica un busto dorado que representa a Saint Aubert, patrono de los panaderos. En la tercera planta hay un enorme busto de Carlos II de España.
Antes de levantarme no me olvidé de enviar un sms diciendo al grupo que ni me esperara ni se preocupara de mí, que seguro que nos encontrábamos por allí, pero yo no estaba dispuesta en ese momento a volver al Hostel.
La casa donde se encuentran estos dos bustos y el bar es la Maison des Boulangers. Se trata de una joya arquitectónica construida por el famoso gremio de los panaderos. La cúpula octogonal de cobre, de 1676, está coronada por un danzarín.
Frente al Ayuntamiento se encuentra la Maison du Roi, construida en 1536 y reformada en 1873. Fue residencia de los monarcas españoles reinantes y actualmente acoge el Musée de la Ville, con pinturas del siglo XVI, tapices y los 650 trajes del Manneken Pis. Cada vez que un dignatario de otro país visita Bruselas se acoge a la tradición regalándole a la estatua un traje típico de su país. Hay incluso un traje de Elvis.
Fue el primer museo que vi en Bélgica, y sólo porque deseaba ver los trajes del Manneken Pis. Junto a mí paseaban entre los expositores y cajones dos japoneses que de vez en cuando señalaban algún traje en su idioma incomprensible. Se podría decir que vi bastantes réplicas de la estatua entre vitrinas.
Más allá, en el Pigeon, edificio que no llama especialmente la atención junto a la magnitud de otros, vivió Víctor Hugo. En 1852, durante su exilio en Bélgica, el novelista francés convirtió este lugar en su hogar. De su pluma fluyeron los comentarios más elogiosos sobre Bruselas.
La fachada siguiente nos muestra otro edificio impresionante: La Maison des Ducs de Brabant, que está formada por seis casas gremiales. Se trata de un conjunto neoclásico de raíz flamenca realizado por Guillaume de Bruyn, responsable de Obras Públicas. En estos momentos está en proceso de restauración.
Aunque en la foto no se aprecie, los bustos de piedra de la familia ducal que se encuentran en la fachada dan el nombre a este grupo de edificios.
Junto al Ayuntamiento, hay otro grupo de edificios y un arco que alberga la estatua yacente de Everard’t Serclaes, de quien ya hablé, que dice la leyenda que da suerte tocar el brazo de la estatua.
Dejando el edificio del Ayuntamiento para el final, que es impresionante, al otro lado de esta fachada se encuentra un grupo de edificios con motivos arquitectónicos variados.
En el primer edificio que entra en la plaza, sobre una puerta, está la figura de Le Renard (el zorro). Se construyó en la década de 1690 como sede gremial de los camiseros. Los arquitectos Marc de Vos y Van Nerum fueron sus autores. En la fachada, entre querubines y festones, aparece San Nicolás, patrono de los mercaderes.
El siguiente edificio se conoce como Le Cornet (la corneta) y es de estilo flamenco italianizante. La sede del gremio de los remeros (1697) es famosa por su frontispicio, construido en forma de fragata del siglo XVII.
El Ayuntamiento ocupa la fachada suroeste de la plaza. Aún acoge la administración municipal y es la joya arquitectónica de la Grand Place.
La torre que a mí me había guiado como si de un faro se tratara es la del Ayuntamiento, del año 1449, obra de Jan van Ruysbroeck. Tiene 96 metros de altura y está ligeramente torcida.
Desde el siglo XIII se acarició la idea de construir un Ayuntamiento que reflejara el crecimiento de Bruselas, convertida en uno de los mayores centros europeos. Hasta 1401 no empezó a construirse. Cuando se finalizó, en 1459, pasó a ser el ejemplo de arquitectura civil más importante del país, posición que aún ostenta.
Jacques van Thienen fue el encargado de construir el ala izquierda y el campanario del edificio; utilizó columnas decoradas, esculturas, torres y arcos. La torre y su remate, construidos en 1449 por Jan van Ruysbroeck, confirmaron su reputación.
En 1995 se restauró la estatua de san Miguel, patrono de la ciudad. Dos años después volvió a colocarse en su lugar original, en lo alto de la torre, donde se utiliza como veleta.
137 estatuas decoran los muros y muchas de las ventanas abocinadas.
El tejado está perforado con lucernas, como gran parte del edificio. En 1837 se restauró y en la década de 1990 se limpió.
No entré en el edificio más que en el patio interior, bastante cuidado y decorado con gusto. Tenía vestigios modernistas en las balaustradas de los balcones y dos fuentes con estatuas que emulaban a los clásicos.
Dejaba la Grand Place a mis espaldas para ir en busca del Manneken Pis, que está en una de las calles que desembocan en la plaza, pero debí equivocarme de calle porque pasarían horas hasta que yo viera por vez primera la ridícula estatua convertida en icono de Bruselas.
La que sí que gustó fue otra estatua que estaba sentada junto a una fuente en otra plaza cercana. Se le veía tan vivo, tan real, que parecía que podía dejar en cualquier momento su libro y que podía levantarse y empezar a caminar. Es obvio que la estatua es a tamaño real, aunque no estoy tan segura, es posible que fuera de un tamaño ligeramente superior.
Miré el plano y me dirigí hasta el Centro Belga del Cómic, pero antes de llegar allí había de encontrarme con otro edificio digno de interés: la catedral (Cathédrale St-Michel et Ste-Gudule).
La catedral se encuentra ubicada en un montículo, por lo que hay que subir una ladera para acudir a su encuentro. A su alrededor hay una plazuela con árboles y bancos que invitan a la tranquilidad y a la paz en medio de la ciudad.
La catedral de Saint-Michel et Sainte-Gudule es la iglesia nacional de Bélgica, aunque ostenta el título de catedral desde 1962. Es el mejor ejemplo que se conserva de la arquitectura gótica de Brabante.
Sobre este solar ha existido una iglesia desde al menos el siglo XI. Las obras de la catedral gótica comenzaron en 1225 bajo el reinado de Enrique I, duque de Brabante, y se alargaron durante los siguientes 300 años. Se terminó con la construcción de dos torres frontales a principios del siglo XVI, bajo el reinado de Carlos V.
La catedral está construida con piedra caliza arenosa traída de las canteras locales. El interior es muy sobrio a causa del saqueo de los iconoclastas protestantes en 1579 y 1580 y los despojos de los revolucionarios franceses en 1783.
En la década de los noventa se limpió y restauró por completo, poniendo de manifiesto todo su esplendor.
Los restos románicos de la primera iglesia que se había levantado aquí datan de 1047 y se descubrieron durante las obras de restauración. Hoy esos vestigios románicos se exponen en la cripta.
Interior
Las vidrieras del interior son magníficas y contrastan con el encalado de las paredes. El crucero presenta unos ventanales con los gobernantes de Bélgica en 1537 y 1538. Jan Haeck realizó el trabajo sobre diseños de Bernaert van Orley.
Púlpito barroco
Es impresionante el púlpito barroco que se encuentra en la nave central, sobre todo por su compleja talla. Es obra de Henri-François Verbruggen, un escultor nacido en Amberes. Se diseñó en 1699 pero no se instaló hasta 1776.
Santa Gúdula
Es una imagen del siglo VII, muy querida por los bruselenses. Durante el saqueo protestante de 1579, sus reliquias se lanzaron al viento, pero esto sólo sirvió para reforzar su culto.
Tras salir de la catedral, el arte y las piedras de otros siglos me salían por las orejas. Desde allí me dirigí, por fin, al Museo del Cómic (Centre Belge de la Bande Dessinée), del que ya hablé hace unos días. Como se puede comprobar, Bruselas está muy bien señalizado.
En la tienda, mientras me compraba unos ‘souvenirs’ relacionados con los cómics, me encontré con dos de mi grupo, pero me despedí de ellas en la puerta, pues yo ya tenía mi ruta para ese día y ellas iban al Palais Royal y los alrededores de la Ciudad Alta, mientras yo tenía que coger un metro para dirigirme a un lugar simbólico de Bruselas: el Atomium.
Place des Martyrs
Pero antes de llegar al metro di con una plaza que no venía en la guía: La Place des Martyrs (Martelaars Plein). Se trata de una tranquila plaza donde existe un monumento en recuerdo a los 450 ciudadanos que murieron en el levantamiento de 1830.
Saliendo ya del centro neurálgico de Bruselas, en los suburbios, hay una gigantesca zona verde con parques y jardines. En Heysel subí del metro para encontrarme con un estadio de fútbol, Kinépolis, Océade, Mini-Europe y una constante eclosión de una mini-ciudad, lo que se conoce como Bruparck, dedicada por completo al ocio. Y, de fondo, vigilante, se encontraba el Atomium.
Eran las 14.30h. cuando decidí tomar un aperitivo en un italiano, pero el camarero me enseñó su reloj y me dijo: “C’est fermé”. Así que entré en el restaurante de al lado, porque aquella mini-ciudad estaba plagada de todo tipo de restaurantes. El siguiente era un mexicano donde me he tomado la mejor sangría de mi vida, y digo la mejor porque aquello era una sangría de verdad, con trozos de frutas dentro… Recuerdo que comí un burrito mexicano y que el camarero, como mucha gente allí, quizás debido a sus raíces mexicanas, estuvo hablando conmigo en castellano.
Después de la comida, fui a Mini-Europe, una exposición de maquetas al aire libre con los edificios y monumentos europeos más emblemáticos. No estoy hablando de maquetas como las que estamos acostumbrados a ver, sino que había algunas, por ejemplo, la Torre Eiffel, que medían más de dos metros de alto.
Si algún día estoy con ganas describo algunos de estos edificios que, con sólo verlos allí, ya te apetecía ir a echarles un vistazo en la realidad. Aquellas maquetas estaban preparadas al milímetro.
Maqueta de la catedral de Santiago en Mini-Europe
Los monumentos emblemáticos que había de nuestro país eran: el Monasterio del Escorial, la Plaza de Toros de la Maestranza, los molinos de viento de La Mancha (como homenaje al celebérrimo y mundialmente conocido Don Quijote), el puerto de Barcelona con la estatua de Colón y la catedral de Santiago de Compostela.
A mí personalmente me gustó bastante Mini-Europe, sobre todo porque admiro la arquitectura. Y si a eso le sumamos que algunas de las maquetas llevan años de trabajo, porque se hacen ladrillo a ladrillo, pues impresiona todavía más.
Ahora bien, hay un monumento emblemático que no está representado en Mini-Europe y que yo lo eché en falta. Se trata del Neuschwantein Schloβ, el famoso castillo del rey loco Ludwig de Baviera (Alemania).
Vista del Atomium desde Mini-Europe
Cuando salí de allí andaba justa con la hora, pues casi todos los sitios se cierran a las 17.00h., aunque sabía que el Atomium se alarga una hora más. Fui hasta allí y, aunque tengo un vértigo increíble, tenía que subir hasta arriba. El problema es que me había quedado sin batería en la cámara, así que la última foto es desde abajo y alguna imagen suelta en el móvil. Arriba tiene un restaurante y en el resto de las bolas hay exposiciones y fotografías de famosos que han visitado el Atomium. En 1958, según me dijo el ascensorista, era el ascensor más rápido de Europa.
Vista del Atomium desde abajo
El Atomium se construyó para la Exposición Internacional de 1958. Es probablemente el símbolo que mejor identifica a la ciudad de Bruselas.
El mundo entró en una nueva era científica y de viajes espaciales a finales de la década de 1950. El diseño de André Waterkeyn reflejaba la estructura de un átomo de hierro ampliado 165 billones de veces.
Cada una de las nueve esferas que componen el átomo tiene 18 metros de diámetro y están comunicadas por escaleras mecánicas.
Cuando bajé cogí el metro hasta las cercanías de la Grand Place. Y entonces, sin buscarlo, me di de bruces con él. En la confluencia de varias calles, arrimado en una esquina, sobre una fuente de piedra con una verja y vigilado con cámaras de seguridad, se encontraba el Manneken Pis, una estatua ridícula, rodeada además de japoneses que no paraban de lanzar sus flashes sobre el niño meón. De hecho, si no hubiera visto a los japoneses agrupados yo no hubiera comprendido que allí estaba ubicada la estatuilla.
Ya me esperaba la decepción, así que no me sorprendió encontrarme esto. Estaba disfrazado, pero después de cenar volvimos a pasar por allí y ya le habían quitado el traje.
Por cierto, hay una réplica en femenino del Manneken Pis no muy lejos de allí.
Dice la leyenda que en el siglo XII se descubrió al hijo de un duque orinando en medio de una batalla. Se le hizo una figura de bronce para simbolizar el coraje militar de este pueblo.
Ésta es una de las atracciones principales de Bruselas: la estatuilla de un niño desnudo, de 30 cm. de altura, orinando en una pequeña pila.
En 1619 la estatua original de bronce, obra de Jérôme Duquesnoy El Viejo, se colocó en este lugar para dejar patente la enorme necesidad de disponer de agua potable en la zona. En 1770 su fama hizo que se incorporara una hornacina decorada para dar mayor prominencia a la pequeña figura. Durante el siglo XVIII se produjeron varios intentos de robarla, primero por el ejército francés y, posteriormente, por el inglés. Finalmente, en 1817 consiguió robarla un antiguo convicto, Antoine Licas, lo que causó una verdadera conmoción, ya que destrozó la estatua al poco de hacerse con ella. Al año siguiente se fundió una copia y se colocó en su reverenciado lugar, donde hoy puede contemplarse. En 1698 el gobernador Maximiliano Emmanuel regaló una túnica para vestir la figura. Éste sería el principio de una tradición que continúa hasta hoy en día. Los presidentes de gobierno que visitan Bruselas donan para la estatua pequeñas réplicas de sus trajes nacionales.
Quedé en la Grand Place con el resto del grupo. Mi intuición no me falla si digo que me miraban como si fuera un 'bicho raro'. Puede ser que estuvieran algo enfadados por no haber dado señales en todo el día, aunque avisé por la mañana y volví a dar un toque al mediodía, amén de la última llamada para quedar con ellos.
Allí fue cuando conocimos el “bar de muerte”, esto es, un garito junto a la plaza con las paredes negras, féretros haciendo la función de mesas, coronas y cruces sobre nuestras cabezas. Se llamaba Le Cercueil, que viene a significar ‘ataúd’. Un bar bastante original, aunque a la mitad del grupo no les gustó.
'Interesante' restaurante italiano donde no nos entregaron la carta ni el menú
Después de estar dando varios rodeos para buscar un sitio para cenar, entramos en un italiano donde el dueño nos sirvió lo que le vino en gana. No sé, lo cierto es que yo pedí pasta y me sacó varios montones de la casa con mucho queso. ¡¡¡Odio el queso y su olor!!! Tuve que ir a decirle que me quitara el plato y que hiciera el favor de sacarme lo que había pedido. Y como yo tuvieron que hacer todos los demás.
La cena nos infundió en risas y finalmente nos fuimos a tomar unas cervezas por los alrededores. Nos fuimos pronto al Hostel, entre la una y las dos. Estuvo bien. Al día siguiente quedamos para ir a Brujas a las 9.30h. y les pedí a todos que fueran puntuales, pero eso tendrá que esperar a mi regreso de Madrid.
2 comentarios:
Vaya edificios más impresionantes. ¡Quiero ir a Bélgica!
Saludos!!!
Lo cierto es que es bonito. Son edificios extraordinarios, al menos en lo que toca al centro turístico de cada ciudad.
Imagino que cualquier belga puede ir a Salamanca, por ejemplo (nombro Salamanca porque la conozco bien), y decir lo mismo.
Yo te recomiendo una visita. Además es un país tan pequeño que de punta a punta no sobrepasan las dos horas en tren y tienes cerca Holanda, Luxemburgo, Francia y Alemania.
Mañana seguiré comentando el viaje porque obviamente aquí carezco de las fotos que hice.
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