
Si viviera en una ciudad no escucharía las campanadas con tanta nitidez, aunque en Salamanca sí que escuchaba las de la cercana iglesia de San Pablo. Tocaban su melodía a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde, el resto de las horas eran campanadas normales.
Cuando esta mañana he abierto los ojos, algo temprano para ser domingo, estaba mi abuela. Despeinada, en pijama y con un incipiente ardor de estómago he desayunado con ella. Me ha dicho que a ver si me corto el pelo, que lo tengo largo. Me ha hecho reír, porque últimamente sólo me cortan el flequillo cuando corro el riesgo de que no me permita ver, pero no había caído en la cuenta de que la melena sigue creciendo ¡y hace siglos que no me he cortado! De todas formas, le he dicho que a mí me gusta así, largo, bien largo. Y seguro que pasan siglos hasta que me corte las puntas.
Es que las abuelas se fijan en estas cosas, o si has engordado y/o adelgazado unos kilos, te preguntan si tienes algún amigo especial o qué es lo que vas a hacer mañana. Y eso, mi abuela me preguntaba este tipo de cosas mientras yo veía el comienzo del partido de tenis y de vez en cuando decía en voz bajita: "¡Venga, Nadal!".
Debería ir a dormir o, al menos, a leer un rato. Luego, como muchas otras noches, abrazaré la almohada, una rutina que yo creía olvidada...
No hay comentarios:
Publicar un comentario