
Hace tanto frío que no veo por ponerme el pijama y taparme hasta arriba con el edredón. Lo primero me da pereza porque lo tengo que hacer rápidamente so pena de helarme, y con unas manos más gélidas aún. Lo segundo no lo haré hasta que no quite la luz y ni siquiera me pararé un momento a pensar en ello, porque cuando me meta bajo el edredón seguramente estaré leyendo un rato hasta que se me empiecen a caer los párpados.
Odio el frío. Pero sólo tengo que cerrar los ojos para dejar de odiarlo. Por ejemplo, puedo imaginar una sala de estar impersonal, un domingo por la tarde, fuera está todo nevado; puedo imaginar que estoy sentada en un cómodo sofá, de ésos en los que te hundes, junto a una persona, y compartimos una manta mientras vemos una película cualquiera. No importa la decoración, ni la película, ni todo lo que hay alrededor, sólo ese momento.
O podría visualizar un pueblo de montaña, nevado, con un bar en sombras y las casas de piedra. Los pocos vecinos que allí viven se reúnen junto al fogón encendido del bar. La nieve ha paralizado todo lo demás. Caminamos cogidos de las manos. No importa el frío ni la dirección, sólo el momento. La belleza de ese magnífico momento.
Dos historias disfrazadas de color en cuestión de minutos. Pero al igual que la nieve en ellas descrita se fundirán y desaparecerían destinadas al olvido si yo no las hubiera rescatado antes.
Y siempre él...
No estoy preparada para este frío.
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