¿Quién no conoce la fama de Amberes por tener los mejores expertos en diamantes del mundo? Pero en aquella ciudad, industrializada a tope, sin duda motivada por el río navegable que llega hasta su mismísimo corazón, hay otros temas dignos de mención. A mí enseguida me atrajo el asunto Rubens, ciudad donde vivió la última parte de su vida y donde está enterrado.
Yo comprobé que Amberes es una ciudad riquísima en todos los sentidos. En algunos países, como la cercana Alemania, la estación de tren es el centro neurálgico de la ciudad, por eso allí, cuando llegas en tren a algún sitio, según lo que te encuentres en una Hauptbahnhof (*) así será la ciudad. En Amberes me dio esa misma sensación. Nada más bajar al andén no sabes ni dónde mirar de lo impresionante que es, aparte de que no está alejada del centro, sino que forma parte de la vida de la ciudad.
Al llegar a Amberes (Anvers-Antwerpen) lo primero que te trae a la mente son aquellos cuadros de los impresionistas franceses, así es el caso de La estación de Saint-Lazare de Claude Monet (aunque en versión moderna).
Tan grande y tan ornamentada es que realmente parece una catedral. Tiene unas escalinatas que traen recuerdos de otras épocas y todas las fachadas están –para mi gusto- muy recargadas en lo que respecta a la decoración exuberante. Realmente es un edificio neoclásico de estilo palaciego que se construyó en 1905.
Con un único vistazo a aquella estación ya sabía lo que podía depararme la ciudad. Y no me equivoqué. Al igual que en las ciudades alemanas, la estación de Amberes, aparte de estar céntrica, es centro neurálgico de la ciudad.
Una de las cosas que me encandiló allí fue que en ningún momento tuve que coger un tranvía, autobús o taxi: se podía ir caminando a cualquier sitio y, aunque la ciudad no es pequeña, al estar todo cerca de la estación era relativamente fácil guiarse. Junto a la estación hacía una enorme plaza, Koningin Astridplein, cuyo nombre alude a la reina Astrid (esposa de Leopoldo III y madre del actual rey, Alberto II), que falleció trágicamente en 1935 en un accidente de tráfico a la edad de 29 años. A esta plaza había de volver después porque allí había un museo digno de mención.
Sin embargo, había algo que me atraía cual imán. Muy cerca de allí estaba el barrio judío, los verdaderos mercaderes del diamante. Hace siglos que los judíos se hicieron ricos como orfebres, con el diamante no iba a ser menos. En las dos calles de Pelikaanstraat y Vestingstraat se concentra una cantidad infame de estos ‘pedruscos’. Contrastan los escaparates brillantes con las oscuras fachadas y sus estrechas calles.
Inmersa en el mundo del diamante, aún me quedaba por ver el Museo Provincial del Diamante, en la misma plaza de Koningin Astridplein. Allí me despojaron de todo, también de la cámara, sólo se me permitió llevar un texto en castellano (las Audio-guías estaban limitadas al francés, inglés y alemán). Después de dejar todo en consigna tuve la mala suerte de tener delante una excursión de minusválidos. Como la visita empezaba en el tercer piso estuve esperando al ascensor, donde sólo cabían dos sillas de ruedas cada vez. A mí no me importaba esperar, aunque estamos hablando de unos 30 a 50. Al final, la azafata que guardaba en el ascensor me preguntó, en su más cordial inglés, si no me importaba subir por las escaleras. Obviamente le dije que no.
El Museo te explica con bastante concreción de dónde se traen los diamantes, sus propiedades químicas (incluso puedes ver alguno tras la lente ampliadora de un microscopio), la relación entre Amberes y el comercio del Diamante, en donde el dominio de la gema se vio favorecido por la existencia de puerto. Y, por supuesto, había una excelente exposición de magníficas joyas con incrustaciones diamantinas. Es un pequeño resumen de los aspectos más interesantes del Museo del Diamante.
A medida que la estación quedaba a mi espalda, dejaría de ver tantos negocios dedicados a los diamantes para encontrarme con la Amberes turística e histórica. Así llegué a Meir, una amplia avenida peatonal surcada de tiendas. HyM, Zara, Mango, Stradivarius, Bershka, Levi’s, Benetton, Women’ Secret, Pimkie, etc. Podría estar caminando por cualquier ciudad española y me encontraría con las mismas tiendas (Esto me recuerda a unos años atrás, cuando todo el mundo hablaba de la globalización. He aquí un ejemplo de globalización). No llegué a terminar el Meir, pero las tiendas seguían y seguían hasta el infinito. En cierto momento tuve que desviarme, así que no vi dónde acababa todo aquello.
Los edificios que alojaban tan conocidas marcas estaban llenos de estatuas, cúpulas doradas, frontones de piedra… Así es el Meir. Luego, como calle comercial, había un goteo incesante de gente que caminaba a toda prisa de un lado para otro. Y muchos turistas, como era de esperar.
Y, aunque parezca mentira, conseguí vencer la tentación de las compras. ¿Para qué iba a ir de compras allí cuando esas tiendas existen aquí y, gracias a ese aspecto globalizador que mencionaba antes, venden lo mismo, y posiblemente algo más barato aquí? Así pues reprimí el impulso de mirar escaparates y seguí caminando. Sabía que muy cerca, en un callejón que daba al Meir, se encontraba la Rubenshuis, de la que ya hablé hace unos días. Ya comenté que a mí me atraía mucho la casa-museo de Rubens. Lo más sorprendente de todo es que, acostumbrados a Las tres gracias del Museo del Prado, se crea una especie de tópico según el cual Rubens sólo pintaba mujeres de su época entradas en carnes. Otro tópico que cae: en ningún momento vi en Amberes un lienzo de Rubens del tipo de Las tres gracias, más bien al contrario: todos los personajes representados en sus cuadros eran estilizados y de complexión delgada. Curioso.
No muy lejos de allí, en otra calle perpendicular al Meir se encontraba la Basílica de Santiago (Sint Jacobskerk), donde se encuentra la tumba de Rubens. La primera vez que llegué a la iglesia pensaba que me había equivocado porque el enorme portón estaba cerrado.
Después volví al Meir y descubrí una placa en holandés (aunque yo lo entendí, quizás porque se parece al alemán) en la que se decía que había cerrado a las 12.00h., pero entre semana abría de 14.00h. a 15.00h. Eran casi la una y media así que busqué una bocatería tan típicas belgas, donde había una larga cola de espera, y pillé un bocata que comí en un banco de piedra entre la gente.
Así daban las dos de la tarde. Pues yo ya entraba en Sint Jacobskerk a los cinco minutos. No había nadie. La iglesia estaba libre de turistas (exceptuándome a mí). Tiene una profusa decoración que obviaré debido a que lo más interesante de esa iglesia es la Capilla de Rubens.
Ya no sentí ese momento apasionado cuando estuve frente a su tumba, pero sí me quedé paralizada, guardando en mi retina todos los detalles de aquella pequeña capilla ubicada detrás del altar.
Tan ensimismada estaba que me vi sorprendida por un ancianito con ganas de charla. Me preguntó de dónde venía y se excusó diciendo que no sabía nada de español, todo en inglés, aparte de preguntarme si prefería que me hablara en francés. Le dije que prefería que habláramos en inglés. Entonces comenzó toda una retahíla de anécdotas sobre los tres famosos pintores de la ciudad y, con esa pequeña linterna, empezó a mostrarme los cuadros más interesantes de la iglesia. Yo estaba deseando marchar, pero por educación caminaba lentamente junto a él, mientras él me comentaba fragmentos de la Biblia según los cuadros que iba mostrándome. Se emocionaba al mostrarme los rostros de algunos personajes del Nuevo Testamento. Es cierto que el cuadro de los hermanos pescadores convertidos en Apóstoles, Simón y Andrés, tenía una fuerza brutal. También me impactó a mí, si bien es cierto que ni me hubiera fijado en él en caso de que el anciano con ganas de cháchara no me lo hubiera señalado.
Al final me preguntó si era cristiana y si conocía fragmentos de la Biblia. Le dije que sí, y que incluso me dio por leerme algunos textos bíblicos como por amor al arte el año pasado. Nunca terminé de leer la Biblia, igual tengo que retomarla, aunque lo cierto es que se hace un poco pesada.
Cuando me despedí del ancianito me di cuenta de que aún me quedaba mucho de ver y ni siquiera había hecho la mitad de la ruta. Cerca de aquella iglesia me topé con la Rockoxhuis, que representa el estilo de las viviendas de clase alta de la época de Rubens. Dentro se conservan multitud de cuadros y objetos religiosos, pero lo más interesante es el jardín, poblado por innumerables especies de plantas.
Y es horrible que estés viendo el interior de esta Casa-Museo y que te suene el móvil. Tuve que apagarlo y cuando salí al patio tranquilizador devolví la llamada. Cuando comprobé que era por asuntos de trabajo me quedé algo loca. Pero es la única vez que sentí algo de preocupación respecto a lo que aquí había, aunque en ese momento la cosa no fuera conmigo.
Seguí caminando entre suntuosos edificios hasta que llegué al Grote Markt, la espectacular plaza mayor de Amberes, donde se encuentra el magnífico Ayuntamiento multicolor. Toda la plaza está repleta de terrazas y cafés de otras épocas.
En medio del Grote Markt se alza la famosa estatua de Brabo. Cuenta la leyenda que el soldado romano Brabo derrotó al malvado gigante Antígono, al que cortó la mano y la arrojó al río Escalda. El momento en que está tirando la mano del gigante al río (ubicado tras el Ayuntamiento) es el que está representado en la estatua de esta plaza.
La estatua de Brabo simboliza el origen popular del término ‘Amberes’ (‘handwerpen’ significa “lanzamiento de mano”).
En cierto momento en que estuve sentada en una cafetería de esta plaza parecía que estaba muy lejos de allí, pensando en otra cosa. Y estuve escribiendo.
Desde allí la catedral está a un paso, rodeada de pubs y tabernas típicas, locales muy concurridos. No me apetecía entrar en la catedral y así lo hice, aunque su fachada es hermosa, y así me senté a observar su blanca piedra sobre un extraño banco. Y allí me enteré de la célebre historia belga de Nello y su perro Patrasche, sacada de la novela El perro de Flandes, de Marie Louise de la Ramée.
Cuenta la historia que Nello era un niño huérfano que un día se encontró un perro. Ayudaba a su abuelo a vender leche por las calles de Amberes y Patrasche le ayudaba a él. Nello es analfabeto, pero tiene talento para el dibujo, medio con el que se expresa a la perfección. Con el paso del tiempo se enamoró de Eloise, pero el padre acomodado de la joven no quería para su hija un muchacho tan pobre. Tras la muerte de su abuelo y acusado por un incendio provocado por otros, decide ir a la catedral de Amberes a ver La elevación de la cruz de Rubens, pero ni siquiera tiene dinero para pagar la entrada a la catedral. En la noche de Nochebuena, Nello y su perro se acercan a la catedral, donde por casualidad encuentran una puerta abierta. Al día siguiente se les encuentra congelados allí mismo, frente al cuadro de Rubens.
Esta historia es un símbolo de Bélgica. Toda Amberes está repleta de estatuas que tienen clara referencia a esta novela.
Desde allí llegué al Groenplaats, una plaza llena de vida, con muchos árboles y donde se podían coger, según pude observar, casi todas las líneas de tranvías y autobuses. Por la cantidad de bancos y hoteles que había supuse que aquello era el centro de negocios de Amberes. Es una plaza relativamente moderna si se le compara con lo que había visto con anterioridad.
Después de admirar los magníficos edificios del centro de Amberes sabía ya cuál era la dirección a seguir para llegar al río Escalda. Allí había un castillo medieval que nos brindaba unas vistas espléndidas del río. Se veía bastante bien el puerto.
El atardecer sobre el río amberino me devolvió a la triste realidad: tenía que despedirme de todo aquello. Una parte de mí se quedaba en Amberes para siempre, pero a su vez me llevaba un trocito de aquella ciudad.
Me di un paseo (tardé unos diez minutos) hasta la estación-catedral y me marché con un deje de tristeza en el corazón.
Esta vez no he escrito mucho de la historia porque me parecen más interesantes mis vivencias allí, absorbiendo todo aquello como si me fuera la vida en ello.
(*) Hauptbahnhof: En alemán, ‘estación central’.
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