
Anoche me costó dormir. Se debía a todo el cúmulo de sentimientos que afloraron repentinamente. Ocurrió lo que hace meses llevaba esperando: encontrarme con él. Varias horas antes lo había presentido a través de nervios en el estómago o una especie de corazonada. Pero un presentimiento no te da una seguridad completa.
Sigo sin saber lo que piensa. Le estuve tanteando a ver si entraba aquí, aunque me da que no. Además si él me dice que no prefiero creer en su palabra. Sólo que yo tenía que preguntarle, asegurarme de que no lee lo que a veces escribo, porque me ruborizaría. Quizás también porque hay veces en que me cortaría los dedos a la hora de decir algunas cosas. El hecho de que no lo haga me da cierta libertad, pero también me aporta una tristeza inesperada. En el fondo es un choque de sentimientos a partes iguales.
Estoy en una especie de nube porque todo lo que había quedado paralizado hace dos meses vuelve a resurgir.
Le miro a los ojos y veo seguridad, tranquilidad, bondad, y además noto que su mirada me taladra de tal forma que puede llegar al fondo y eso me da miedo, que vea de mí con total transparencia. Supongo que yo podría ocultar ese fondo si me lo propusiera, pero no quiero. Lo cierto es que al revés yo me encuentro con un alto muro y no leo nada en él. A veces me encuentro con un rostro hermético que no dice nada de sí mismo.
Le toco las manos y su tacto me eriza la piel. Creo que disimulé bien, pero aún así... Esto me recuerda a que respecto a las manos se ruborizó. No era mi intención sacarle los colores, pero si tiene esas manos tan suaves que desbocan mi imaginación... Es algo que no puedo evitar.
Cuando me trajo a casa me encuentro frente al mismo muro. No sé hasta qué punto se sintió algo obligado a traerme, no sé si le pareció bien o mal, desconozco si lo hizo como un favor, etc.
Me gusta la música que tiene en el coche. Debería haberle dicho lo mucho que me gusta todo de él, pero me corté. Tampoco creo que necesite decírselo, pues me consta que él ya lo nota, y yo noto que él lo nota.
Ayer sentía la necesidad ferviente de tocarle, de hablarle, de estar con él. Quizás por eso me jugué todo a una carta, dejando que mis amigos se fueran y quedándome un poco a la deriva. Era una necesidad de él. Apenas un desconocido y hace que afloren hacia fuera una serie de sentimientos dispares que me cuesta controlar. También me moría por besarle, pero esto no pudo ser, me obligué a rechazar este sentimiento de raíz. Sin embargo, le hubiera besado si se hubiera dado la ocasión. Era demasiado tentador.
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