
Es una corazonada. Lo era esta mañana, cuando he regresado de Correos para ver que él ya estaba ahí, porque su FM refulgía muy cerca. Después ha seguido la corazonada y me he encontrado de frente con alguien que posee título nobiliario. Y la corazonada seguía cuando regresaba a la oficina y entonces le he visto pasar con el coche, pero como siempre mira hacia adelante no me ha visto.
La corazonada sigue. Y además no me conformo con verle de pasada. Teniendo en cuenta que es viernes hay posibilidades de encontrármelo esta noche -si salgo-.
También podría ocurrir la del viernes pasado, sólo que yo hoy no tengo reunión y es muy posible que a las nueve esté relajada en casa y con la mirada perdida en el fin de semana.
Se me ha pasado la semana volando. Y eso que casi me quedo dormida, que mi padre me ha despertado a las ocho. Lo que ocurre es que anoche me quedé dormida con el libro sobre el pecho, la luz dada, el portátil a mis pies (si me hubiera movido...). A las cinco me desperté y despejé la cama. Y no puse la alarma del móvil. Y he llegado a tiempo.
A las doce de esta noche habré ganado una apuesta. No suelo hacer apuestas a no ser que esté segura de ganarlas. Si ganas, más que lo que esté en juego, te sientes por las nubes por el simple hecho de haber ganado. Y ahora bien, cuando pase hoy no sé si debería llamarle algún día o no. Estoy perdida y no sé si debo. Posiblemente no lo haga a no ser que tenga una necesidad de él tal que no lo pueda resistir, pero esto también sería controlable. Tampoco voy a poner la mano en el fuego, porque a veces me dejo llevar por pequeños impulsos (de los que luego suelo arrepentirme).
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