domingo, octubre 25, 2009

No estamos hechos de piedra

Hay momentos en la vida en que ciertos sentimientos nos inundan, e incluso nos ciegan, hasta el punto de que sólo llegamos a ver una de las miles de posibilidades que existen. Ayer escribía que no volvería a dar un paso más en su dirección, pero ahora no lo tengo tan claro. Aunque intente contenerme no puedo poner la mano en el fuego, porque sé que cualquier día, sin pararme a pensarlo, puedo volver a llamarle y en cualquier momento puedo abrir una página en blanco en el correo para contarle algo, darle a enviar y ya no poder echarme atrás. La fuerza no está en mí, sino en él, en su magnetismo, en la capacidad que tiene para brindarme una felicidad de pensamiento, estando ausente. Sobra decir lo que me aporta estando presente.

A veces no nos damos cuenta de que las cosas que más nos cuestan son las que, en definitiva, terminamos valorando más. Esto se termina convirtiendo en una dura prueba que asienta profundamente lo que puedas llegar a sentir por él. Para mí es una dura prueba en el sentido de que no tengo paciencia, pero a medida que pasan los días hay un grano dorado más que incrementa ese valor hacia él. Si hubiera pasado algo entre nosotros no hubiera tenido tanto valor, así que el simple hecho de una mirada suya, por ejemplo, se eleva a la enésima potencia, adquiriendo un valor nuevo, del que carecería si las cosas hubieran sido muy rápidas.

Al final, tendrá que decir algo, para bien o para mal; creo que es una persona lo suficientemente perspicaz para haberse dado cuenta de lo que ocurre desde hace ya unos meses, desde el mismo momento en que nos conocimos. Y yo, por muchos cabezazos que me dé, no puedo saber lo que hay dentro de la mente de otra persona.

La tristeza del fin de semana se ha visto eclipsada por su imagen y he vuelto a sonreír. Y ese sentimiento pleno de felicidad, la tranquilidad que me aporta el simple hecho de pensar en él y sentirme contenta… eso se convierte en algo placentero y enriquecedor. No puedo quitarme esa especie de adicción. Al menos, no puedo quitármela de la noche a la mañana.

Que ese silencio me dota de una inseguridad que me tambalea. Pues sí. Y, sin embargo, no hace ni ocho días alguien me dijo que se me veía bastante segura en todo. Claro que cuando no sabes a qué atenerte, la cosa cambia.

La tristeza de ayer no sólo me ha fortalecido y, con ello, ha fortalecido todo lo que conlleva y todo lo que la trajo. También me ha hecho ver las cosas de otra manera: es mejor disfrutar del presente en el que aún no tienes nada pero te mantienes feliz y guardar las lágrimas para un futuro en el que no sabes cuándo puedes necesitarlas.

Sé que mañana le dedicaré un minuto al día y me sentiré desbordada por esa tranquilidad que únicamente él me aporta, por la ilusión de encontrarme con él al doblar cualquier esquina, por esa alegría que me acompaña cada día, que se incrementa al traer su imagen a la mente, que se achica en momentos aislados, poco importantes, para volver a florecer en toda su inmensidad a medida que pasan las horas. Y siempre latente la ilusión de encontrarme con él en cualquier momento.

¿Cómo voy a cerrar los ojos y hacer que no veo nada, que no siento nada? ¿Cómo podría dar la espalda a todo esto?

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