sábado, octubre 10, 2009

De cicerone a través de los sueños

A medida que pasan los minutos me llegan ráfagas de todo lo que soñé anoche. Ahora no es de extrañar que no haya abierto los ojos antes. Es difícil dejar atrás el mundo onírico para despertar a la cruda realidad. Casi siempre se tiende a dejar los sueños a medias porque las obligaciones no te permiten hacerlo de otra manera. Hoy era diferente porque no había otras prioridades. Si yo voy a la oficina en sábado es bajo mi responsabilidad, porque quiero ir, sin más, y puedo decidir el momento en que me dejaré caer por allí. Nadie me obliga a hacerlo y nadie me obliga a no hacerlo.

He soñado con el mar. Ese mar que necesito ver de vez en cuando, que me aporta tranquilidad (si bien es cierto que ahora existe otra coordenada que me aporta más tranquilidad si cabe). Aparecía el mar en calma, el horizonte que empezaba a oscurecer ante mis ojos. Estaba sentada sobre un promontorio rocoso, desconozco lo que había a mis espaldas. Y no estaba sola. Sus brazos rodeaban mi cuerpo con una delicadeza propia de él, sentía su respiración acompasada detrás de mí y estábamos sumergidos en un silencio superior, el silencio de la calma, cuando disfrutas de lo que te rodea y no se necesita decirlo en alto. Un trocito de felicidad.
De repente el decorado cambiaba. Estábamos en una ciudad de interior que yo conozco demasiado bien. Estábamos abrazados, en medio de esa plaza mayor con piedras de color dorado. Había mucha gente a nuestro alrededor, pero nosotros estábamos solos. Una campanada tañía el aire en una iglesia cercana, entonces le cogía de la mano y apresuradamente cruzábamos las calles adoquinadas en zigzag para ver la rana de la fachada y el astronauta de piedra de la catedral. Y después le guiaba hasta el huerto de Calisto y Melibea, otro remanso de paz.
Finalmente, el hotel San Polo...

Y apenas había palabras, sólo imágenes, pequeños detalles.

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