
A veces esperamos del resto de la gente la respuesta que nosotros daríamos en su lugar. Aquí empieza eso que se llama intolerancia. Tendré que dejarlo estar, pero la tristeza continúa aprisionándome el estómago.
No puedo dar la espalda repentinamente a alguien en quien pienso cada día y me brinda tantas sonrisas, que me hace tan feliz. Y, sin embargo, no sé a qué atenerme. Y eso es lo que hoy me descorazonaba.
Mañana volverá a salir el sol, seguro que pensaré en él y sonreiré de nuevo y quizás luego piense en otra cosa y entonces vea una ligera sombra. De mí depende que esa sombra oscurezca todo. Lo que ocurre es que ahora desconozco cómo estaré mañana de ánimo.
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