
Después de comer no veía por que pasara la tarde y volver a las siete en punto. Y, sin embargo, sigo en la oficina. De hecho, voy a bajar a tomar un café, porque luego tengo que terminar algo, y no me iré a casa hasta que acabe lo que me he propuesto para hoy. Como todos los viernes, siempre intentamos quitarnos de encima asuntos que no queremos que se nos acumulen para la próxima semana.
Cuando venía en coche, poco antes de las cuatro, me he despejado totalmente, aun cuando no había tomado todavía el café de después de comer. He recordado que, cuando pronosticaron que nevaría pronto, se me cayó el alma a los pies. Si me quedo aislada no podría venir aquí, y eso significa que habría menos posibilidades de encontrarme con él.
Pues hoy pensaba en que si bien disfruto del trabajo que hago a diario, también es cierto que un posible encuentro con él condiciona el que coja el trayecto hasta aquí con más o menos ganas. Y pensaba en él cuando repentinamente no tenía sueño, cuando no hacía ni media hora que se me cerraban los ojos en casa.
Los viernes solemos encontrarnos.
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