domingo, octubre 18, 2009

Entre dos mundos contrarios

Arriba y abajo, derecha e izquierda, blanco y negro, bien y mal, frío y calor, noche y día, A y Z, delante y detrás, cielo e infierno, corto y largo, ancho y estrecho, sí o no... Un sinfín de contrarios marcando dos perspectivas totalmente diferentes. En estos momentos estoy dominada por una sensación que se divide en dos vertientes. Y esto me lleva no a la confusión, sino más bien a la indecisión.
Son dos caminos paralelos, que no pueden coexistir los dos juntos. Si es uno, no puede ser el otro, por tanto nunca se cruzarán.
En uno, en el centro está una persona que consigue que mis sentimientos se intensifiquen de tal forma que todo lo que está a mi alrededor, del mismo modo que él, roza la perfección. Esto es, abro los ojos cada mañana, pienso en él y mis labios dibujan una sonrisa que dura todo el día. Me siento feliz sin esfuerzo alguno. Contagio alegría a los que me rodean en el día a día. Todo se ve invadido de unos colores y de una belleza tales que se me escapan de las manos. Me siento felizmente tranquila por esa misma tranquilidad que me aporta el simple hecho de dedicarle un minuto al día en pensamiento. El único obstáculo es que desconozco lo que hay detrás de esos ojos profundos, de esos encuentros dejados al azar, de esas metódicas palabras. Y el hecho de no saber lo que él piensa te hace dudar de todo. Aunque es una especie de luz, porque me reconforta pensar en él y me hace sentir viva. A veces me pregunto cómo he podido vivir tantos años desconociéndole, sin haber coincidido en ningún sitio...
Por otro lado está el mundo en que no hay nadie más. Tú eres el centro, no ríes ni lloras por nadie. Sonríes igualmente, pero no es tan fácil alcanzar esa felicidad. Puede que a veces sientas que estás tocando el cielo con las yemas de los dedos pero es un momento tan efímero que cuando te quieres dar cuenta ya ha pasado. Es un mundo tranquilo porque no le das tantas vueltas a la cabeza, pero sientes el vacío como una espiral sin fin, un vacío que nunca se llena. Te acostumbras a esa soledad, que se convierte en tu compañera de viajes, y que llena el horizonte de silencios. Es un mundo ligeramente inundado por una oscuridad incierta, donde sigues sonriendo porque eso es innato a tu carácter, pero caminas con pies de plomo porque desconoces lo que hay al otro lado de la curva. Y si hay un obstáculo te cuesta mucho más solucionarlo. Pero no estás expuesta al descontrol de sentimientos que se desbordan, que sobresalen entre los dedos de las manos y no puedes atraparlos. Tienes insomnio, el desasosiego y la inquietud van ocultos en tus bolsillos para salir a la luz en el momento más inesperado. Sientes la incertidumbre de un horizonte lleno de niebla...
Tengo que tomar una decisión. O hablo con él o doy la espalda a todo ese cúmulo de sentimientos, algo que sería demasiado doloroso y que me costaría meses y noches en vela hasta que me recuperara. Supongo que puedo concederme la licencia de sentarme a esperar un rato antes de tomar una decisión. Supongo que me quedan muchas cosas por descubrir aún. Supongo que no puedo borrar de un plumazo los sueños (y creo que tampoco quiero) ni los momentos. Supongo que seguiré dedicándole un minuto al día durante muchos meses más. Supongo que seguiré encontrándome con él y me seguiré sintiendo la persona más feliz del planeta. Y, contra eso, no puedo hacer nada, tal es la fuerza que él mismo transmite.

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