
A las 10.30h. he tenido que salir. Caminaba despistada por la calle, rodeada de un frío invernal que notaba en la punta de la nariz y en los helados dedos que era incapaz de meter en los bolsillos. Y entonces he visto una matrícula y me he echado a reír. Por una vez que no iba pensando en él, aparece de bruces su coche. Entonces me he dado cuenta que me apetecía pasar junto a él y delinear con mi mano helada dulcemente el lateral izquierdo. Menos mal que hacía frío y no se veía a mucha gente por la calle. Pero sólo ha sido un pensamiento. No lo he tocado ni he pasado al lado. La tendencia, más bien, ha sido alejarme lo más rápidamente posible.
Al regresar por allí veinte minutos después, iba pensando en ir a buscarle. Su coche seguía en el mismo sitio. Me iba a tomar un café, y el café me hubiera sabido muchísimo más dulce con él delante. Me he cortado. Aunque esto tampoco es exacto. No es que me haya cortado, sino que me he parado a pensarlo, he sopesado las opciones, y al pensarlo fríamente he optado por el no. También incluso he pensado en llamarle para que bajara a tomar un café, pero es que me comentó que había dejado el vicio, así que no será por mi culpa por lo que vuelva a recaer en ese vicio. Bien, al final me he tomado el café sola. Hubiera sido mejor si hubiera estado él. Seguro que fuera hubiera dejado de hacer frío y que el día habría tenido otro color. He dejado de llevarme por los impulsos. Después de esto comprendo que ya no soy tan impulsiva como hace unos años, sino que sopeso todo, con sus pros y sus contras. Ya no vivo al límite. Ir a buscarle a su oficina hubiera sido genial, una acción imprevisible, aunque tuviera mucho trabajo y al final no hubiera podido bajar. Quizás lo haga otro día. Es que no quiero arrepentirme de algo que no he hecho; prefiero arrepentirme de cosas que haga.
Si llevara a la práctica todo lo que me pasa por la cabeza...
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