
Ayer eran pasadas las 21.00h. de la noche cuando estaba asomada en el balcón. Aún tenía que acabar algo, algo que podía terminarse en otro momento, pero yo seguía férrea en la oficina. Entonces vi aparecer por la otra calle a dos personas. Asomé medio cuerpo en el balcón para verlos mejor. Pero él no estaba.
A los cinco minutos me había ido de la oficina, pero ni siquiera se me había ocurrido mirar a la cafetería. Entonces, poco antes de llegar al coche vi una matrícula que conozco demasiado bien. Y le llamé. Le llamé para preguntarle si estaba en la cafetería tomando una cerveza. Fuera por lo que fuera no me cogió. Tampoco devolvió la llamada. No me paré a pensarlo.
Cuando arranqué el coche me acordé que se me había olvidado apagar la calefacción y tuve que volver. Aunque intenté mirar si estaba en el bar, no le vi. Podía estar o no, pero yo no tenía intención de entrar.
Quizás no tiene apuntado mi móvil. Quizás pensó en que la persona que le llamaba volvería a llamar si era urgente. Quizás intento justificarle. Y quizás sea un malentendido por mi parte y no debería haberme llevado el mal trago de hoy.
Es cierto que esto me ha servido para no tomar decisiones tan tajantes, pero sobre todo para no dar un solo movimiento más en su dirección. ¿Que he esperado que me devolviera la llamada? Pues sí. Pero ante la evidencia de que no lo ha hecho, tendré que dejarlo estar.
La mayor evidencia de todas es que estoy pilladísima.
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