miércoles, octubre 14, 2009

El sueño del bosque

Soñé que nos íbamos de excursión al monte, rodeados de un numeroso grupo de gente que ama la montaña. Habíamos dejado las mochilas en un refugio solitario varias horas atrás, en un valle en el fondo del mundo, como en los viejos tiempos. A medida que íbamos ascendiendo empezábamos a quedarnos a la zaga, inmersos en nuestras historias, viendo el mundo a través de los ojos del otro, a veces cogiéndonos de la mano, quizás robándonos un beso y finalmente grabando nuestras iniciales en la corteza de un haya.
Un minuto después no quedaba a nuestro alrededor más que el silencio. El resto de gente había desaparecido y no sabíamos qué dirección habían tomado. Estábamos rodeados de árboles y no había siquiera un sendero que marcara el camino. Se habían dejado de escuchar las voces de los demás, las numerosas pisadas haciendo crujir la hojarasca, las risas quedaban lejanas ya. Estábamos solos, él y yo, observados por los octogenarios árboles que se erguían a nuestro alrededor como un público que no había sido invitado a estar allí, pese a haber crecido en aquel paraje solitario.
Empezábamos a caminar, cogidos de la mano, sin orden ni concierto, desconociendo la dirección correcta, sin brújula o un mapa para guiarnos. Subiendo, bajando, siguiendo el campo a través, sin parar. Pero sorprendidos por las risas de lo inesperado, risas por habernos quedado solos, felices y despreocupados. A ratos seguíamos el cauce de un arroyo que ni siquiera saciaba nuestra sed.
Habíamos dado vueltas por aquel bosque único que nos observaba silencioso, sin reparar en que las horas iban pasando y la noche se acercaba lentamente. Al atardecer se había echado la niebla encima y miramos en dirección a la montaña, buscando algún lugar donde guarnecerse. No teníamos comida, ni agua, ni siquiera ropa de abrigo.
Comenzamos a subir por la ladera suave de la falda de la montaña, buscando posibles grietas, hasta que encontramos una lo suficientemente ancha como para deslizarnos hacia su interior. La noche se cernía sobre nuestras cabezas y nuestros dientes empezaban a castañear. Sin embargo, aún seguíamos felices, desconociendo cómo íbamos a salir de aquel antro milenario y limitándonos a aprovechar lo que teníamos ante las manos.
Por el techo de la gruta se asomaban cautelosos los rayos de una luna llena perfecta. Tiritábamos de frío. Los dos nos contemplamos y pensamos en lo mismo a la vez.
Las ropas empezaron a caer a nuestros pies, mirando a veces de reojo, a veces con curiosidad y a veces con pudor, pero sin dejar jamás de sonreír. Y nos tumbábamos allí, en una gruta perdida en medio de una montaña, abrazados, adormecidos por el calor mutuo de nuestros cuerpos, felices de estar allí. No había nada más. Solos nosotros y la luna.

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