
Otra fecha a recordar, a rememorar, a revivir.
El 20 de octubre de 2006 fue el último cumpleaños de mi tío, pero entonces nosotros desconocíamos que en poco tiempo todo se volvería oscuro e incierto. Yo sé que, esté donde esté, sigue velando por todos nosotros, sigue acompañándonos en nuestro caminar diario, ese mismo camino que compartió con nosotros alguna vez... hasta que llegó su hora.
Me estremece pensar en mi tío. Todavía hoy, dos años, un mes y una semana después sigo llorando como si el desenlace hubiera sido ayer. Supongo que, aunque el vacío y el dolor por la ausencia de una persona, se atenúen, quizás impulsados por el tiempo que va pasando, no es fácil reponerse a la falta de esa persona. Por eso las lágrimas atraviesan mis mejillas desde el mismo momento en que he empezado a hablar de él, a recordarle, a rememorar ese último cumpleaños que pasó con todos nosotros.
Y es que hay cosas contra las que no se puede luchar. La Muerte. Los humanos nos encontramos indefensos ante la magnitud del final de la vida, ante la siniestra compañera que nos lleva hacia no se sabe dónde y que se lleva consigo nuestro último aliento en este mundo. No, no se puede hacer nada. Lo tienes que asumir porque es lo único que puedes hacer, te ves obligada a ello, aunque en tu fuero interno no lo aceptes, aunque te cueste tanto superarlo. La muerte se llevó a mi tío, pero no se llevó sus recuerdos. Y mientras su recuerdo permanezca aquí él no habrá muerto del todo.
Sé que, de alguna manera, a él le llegará mi felicitación. Sólo tengo que mirar a las estrellas y buscar aquélla que más brille.
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