
Al anotar el último libro que acabo de terminar, he recordado una conversación que mantuve el jueves en la peluquería.
-¿Te compras todos los libros?
-En la medida que puedo, sí.
-¡Menuda biblioteca debes tener en casa!
-Pues sí, no sabría calcular.
-Es que cada semana vienes con un libro diferente, a mí me dura uno un mes o dos.
-A mí días, excepto en verano, por falta de tiempo.
-Entonces tienes que estar todo el tiempo leyendo.
-Pues no: por las noches y aquí, en la peluquería.
-¿No ves la tele?
-No, no me gusta la televisión. Prefiero leer un libro o conectarme a internet. Cuando enciendo la tele es para ver una película elegida de antemano por mí, ni siquiera las que echan.
-Pues yo por las noches siempre veo la tele...
La conversación siguió por otro camino.
Por supuesto, yo sé exactamente todos los libros que tengo. En un tiempo llegaré a los 3ooo (aunque en la parte de arriba de mi casa hay muchos otros libros que no tengo anotados). No es el hecho de tener muchos libros, ni siquiera son adornos superfluos. Los tengo porque los he leído y en raras ocasiones los retomo una segunda vez. Así que terminan en unas baldas que mi madre, previsora, colocó en el sótano de mi casa. Ahí se van acumulando lentamente. Compro libros porque siempre se queda algo de mí en ellos y siempre me dejan algún mensaje o tienen una historia detrás. Cuando eso ocurre te cuesta mucho deshacerte de esos ejemplares; me ocurría en el colegio o en las bibliotecas a las que estaba suscrita.
A veces, cuando recorro los estantes llenos de historias dormidas, esperando que alguien las despierte algún día y saboree sus palabras, llenos de personajes excepcionales y otros no tanto... recuerdo fragmentos, incluso dónde leí ese libro. Es curioso, porque recuerdo el quid de la mayoría de las historias, y en la mayor parte he olvidado los finales. Quizás es ése uno de los motivos por el que los destripo aquí, de principio a fin.
Con 16 años no podía comprar todos los libros que deseaba, pero empecé a hacer una ficha por ejemplar, como las de las bibliotecas, que metía en una caja. Esa caja un día se llenó y al final no me quedó más remedio que utilizar un trozo del disco duro del ordenador. Estuve un fin de semana entero creando una hoja Excel pasando todos los datos. Hoy los meto directamente al acabar un libro y antes de bajarlo al sótano donde empezará a coger polvo esperando que unas manos decididas lo escojan para disfrutar de la historia que cuentan sus páginas.
Disfruto del orden y llevar un listado así es una manera de mantener todo en orden. La verdad es que lo hago porque a veces dudo si tengo un libro o no, y eso me supera. La gente que me conoce, que sabe todo esto, no me regala libros nunca: seguro que lo tengo y/o me lo he leído. Eso sí que no falla nunca. Y si alguien va a regalarme uno, siempre me pregunta antes, desapareciendo así el factor sorpresa.
En cuanto a la televisión, opino que es el invento más absurdo jamás creado, que por algo la llaman la "caja boba". No me gusta terminar de cenar y hacer lo que la mayoría de la gente hace en sus casas: ver la tele. Pues no, a veces dejo caer alguna película, pero prefiero dedicar las últimas horas del día a otras cosas. En mi habitación la televisión sí que coge polvo, sí.
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