lunes, septiembre 21, 2009

Un pedazo del mundo, un pedazo de tiempo

Tengo una afición terrible a 'retratar' momentos de mis viajes, ayudada por la palabra y el dibujo. Sí, a mí se me daba bien el dibujo, sólo que en la actualidad apenas tengo tiempo. Estar un rato dibujando calma mi alma, pero en el día de hoy me resulta más sencillo describirlo con palabras.
Sin embargo, el hecho de estar 'fuera' y poder contemplar monumentos y edificios que quizás no vuelvas a ver nunca más hace que se detenga el tiempo. Si hay algo que me entusiasma es dibujar edificios. Muchos de ellos se han quedado plasmados sobre las diminutas hojas de mi pequeño cuaderno de pastas rojas, que nunca puede faltar en cualquiera de mis viajes. Y sólo para ello lo uso, de ahí que todavía no lo haya acabado. En el escribo mis impresiones, me conciencio de que estoy en ese momento en ese lugar. Y a veces dibujo. Nadie lo ha visto por completo. A mucha gente le sorprende porque desconoce mi afición por el dibujo, aunque las líneas cada vez me salen peor. Lo importante no es dibujarlo bien sino guardar ese pedazo del tiempo contigo y llevártelo de regreso.
Así... todo comienza en Alemania, mi segundo viaje al país, cuando visité la Selva Negra. El cuaderno de pastas rojas es alemán.

Corre el mes de agosto de 2004. Estoy tan extasiada con el viaje a la Selva Negra, que me veo con la obligación de "atrapar", de algún modo esos momentos. Ya había visitado Stuttgart, adonde había de volver para coger el avión de regreso a España.
Fue en Baden-Baden, de donde sólo guardo una fotografía de su plaza céntrica (Leopoldsplatz) donde encontré un cuaderno rojo. No podía ser de otro color. Llovía y me coloqué en una terraza en medio de aquella plaza mientras veía las gotas de lluvia caer y empecé a contornear las finas líneas de un balcón que se encontraba frente a mis ojos.
Después había de coger otro tren hacia ningún sitio, porque la siguiente parada sería en Villingen-Schwenningen, dos ciudades en una, separadas únicamente por un río. La parte en la que estuve era casi medieval, como así demostraban sus antiguas torres (Turm significa 'torre').
En ese mismo viaje me dejé caer en Freiburg, una ciudad impresionante y bohemia, con una multitud de edificios y callejuelas dignos de ver.


La ciudad más al sur que visité fue Konstanz, donde está el lago Bodensee, aunque aquí en la escuela yo lo estudiara como Lago Constanza. La ciudad alemana da nombre al lago, que baña las costas de Suiza, Austria, Alemania y Liechtenstein.
A mí la Schwarzwald (Selva Negra) me hechizó tanto que, en cuanto pueda, volveré. Aunque sólo regrese para comprar un reloj de cuco de los que se fabrican allí.

Ese mismo año, según tengo apuntado en el cuaderno de pastas rojas, en el mes de diciembre me fui a Barcelona con una amiga. Fue el grandioso viaje convertido en una odisea porque parecía que nunca llegaríamos a la ciudad condal. Anochecía cuando cruzábamos las puertas de la ciudad, suspirábamos cansadas y nos reíamos de todas las hazañas que contaríamos después de aquel día tan largo.

En el tren de vuelta, ya más tranquila, esbozaba el elegante perfil de la Sagrada Familia, obra inacaba del Maestro Gaudí.
(Obviamente, he tenido que borrar los comentarios subjetivos que hay escritos junto a ciertos dibujos).
Reconozco que, igual que Gaudí, yo también dejé inacabado lo que estaba haciendo, pero a mí no me pilló un tranvía, sino el cansancio del viaje.


El siguiente viaje fue en febrero de 2005, a París.
Tengo unos recuerdos magníficos de la Ciudad del Amor y de la Luz. Entonces era candidata, junto a Madrid y según escribí en aquel momento, a los Juegos Olímpicos de 2012.

En julio de 2005 me puse a trabajar en Salamanca. A los diez días me enviaron con un grupo de trabajo a Ávila, ciudad que no conocía. Allí me operaron de urgencia de hernia umbilical, y lo que había sido un viaje de trabajo se convirtió, finalmente y exceptuando los cuatro días de hospital (donde me trataron genial), en un viaje de placer, sobre todo porque aquel momento coincidía con las fiestas de la ciudad.

Dejando algunos dibujos entre hojas intermedias, llegamos a julio de 2006, el viaje a Roma. Esos dos momentos, cuando dibujaba sentada en la fuente de enfrente el Panteón y cuando me tomaba un expresso junto al Coliseo, podría revivirlos perfectamente los dos.
En el segundo recuerdo el calor después de haber recorrido el célebre anfiteatro entre tanta gente, con un coche que me llamó la atención justo al lado de la terraza donde tomaba el café, tipo Seiscientos y colorado, muy sugerente. Recuerdo que pensé que parecía haberme sumergido en una película de Fellini, muy romano ochentero todo.
En el Panteón de Agrippa, que estudié en Historia del Arte, unos niños me miraban y se sentaron a mi lado. De repente, empezaron a hablar, no en italiano ni en cualquier idioma, sino en español. Recuerdo que levanté los ojos hacia ellos y les regalé una de mis sonrisas, pero seguí en silencio.
En abril de 2007 fui a Granada y Córdoba, coincidiendo con la Semana Santa. Granada, ciudad que deseaba conocer ante todo, me decepcionó bastante. Igual era la forma de ser de los granaínos y su malafollá. De repente, me acordé de uno de los célebres dibujos en la Alhambra de Don Federico (García Lorca) y me imaginé desde dónde lo hubiera hecho él. Y me senté en una piedra milenaria para plasmar sobre el papel los legendarios muros que tenía frente a mí.
Donde disfruté de verdad fue en Córdoba, ciudad a la que llegué coincidiendo con mi cumpleaños. No creo que lo olvide nunca. Los cordobeses son más abiertos que los granadinos y la ciudad me encantó con sus callejuelas adoquinadas, con casas encaladas en blancos y amarillos, sus patios llenos de flores y azulejos, incluso con fuentes y otros adornos, las rejas y las barandillas de los balcones, y sus paseos en caballo, las gitanas junto a la Mezquita echándote la buenaventura (yo huía de ellas y no me atrevía a mirarlas, que soy quien piensa que si las miras te echan un mal de ojo)... Y ese olor a azahar por toda la ciudad...
El viaje de Oporto fue en septiembre de 2007. Me fui porque quería ver el mar, para reflexionar sobre la vida y la muerte, para tranquilizar mi espíritu, para desconectar... Fue uno de los viajes más melancólicos y tristes de mi vida, por todo lo que me llevaba para no traerlo de regreso: la ausencia de una persona que ya no volvería más. Fue muy duro.

En 2008 no me fui a ningún sitio importante. Supongo que fue un año intensivo. Si hubiera tenido ganas de viajar lo hubiera hecho.

Es una pena que no se me ocurriera esbozar un cuaderno así cuando empecé a salir de España. Me quedan tantos lugares por retratar que ya conozco... Aunque me quedan muchos más aún por conocer. Estoy pensando que mi siguiente destino puede ser Malta o Cerdeña.
De Bélgica traeré otro pedazo de tiempo plasmado en el cuaderno rojo que, de momento, da mucho de sí.

No hay comentarios: