
El 12 de septiembre de 2007, de madrugada, yo recibí una llamada muy dolorosa: mi tío había partido en ese viaje que sólo tiene billete de ida. Desde esa llamada fatal hasta el final de todo viví en un infierno. En primer lugar, porque nunca me había tocado tan de cerca que falleciera alguien tan próximo a mí; en segundo lugar, porque mi tío era como un segundo padre, el típico tío soltero preferido de todos los sobrinos. Por otro lado, yo no le vi apagarse, no le observé en sus últimos días, y quizás era preferible recordarle cuando era una persona activa, llena de vida y energía, alegre.
Y así son mis recuerdos de él. Aún no comprendo cómo, siendo alguien tan vital, terminó apagándose de aquella manera. También añoro los momentos en que me preguntaba sobre temas que sólo a él le contaba. Eran nuestros secretos.
Desde noviembre de 2007 yo no he estado en el cementerio. Allí no hay nada de mi tío, más que una tumba blanca con su nombre y su fotografía. Mi tío permanece aquí, conmigo. Y yo sigo contándole secretos.
Hoy iré al cementerio después de tanto tiempo. Hoy sé que no me voy a tambalear, que conseguiré caminar entre los cipreses sin derrumbarme.
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