Una vez conocí a alguien que decía que para ver con claridad algo que está muy negro hay que desprenderse de todo, dejar la mente en blanco y permitir que todo llegue de nuevo. Aquello que primero inunda tu mente posiblemente tenga más relevancia en ese momento determinado que lo que llegue después.
Yo lo he hecho. No quería venir a casa para volver a repetirme las mismas preguntas de las últimas semanas, ni para pensar en nadie (indudablemente hay una persona en la que pensar). Al final me he desprendido de todo, de los buenos y malos sentimientos, de todo lo que ronda por mi cabeza, de todas las preguntas sin respuesta, de todas las dudas, los afectos, el cariño o la tristeza. Me he quedado en blanco unos minutos y, con bastante esfuerzo, he conseguido controlar las fuerzas dispares que han ido viniendo poco a poco.
Y he llegado a una lógica conclusión, una afirmación que me duele por todo lo que significa. Se veía venir después de la magnitud de sentimientos sobre los que he escrito últimamente. Si bien es cierto que no estoy enamorada (para eso se necesita compartir mucho con la otra persona), aflora desde dentro de mí un sentimiento parecido al enamoramiento que me desborda por completo. Casi no puedo controlarlo, porque hoy he sentido ese cosquilleo subiendo por las paredes del estómago y ha sido inevitable el revuelo que he notado dentro de mí, quedándome paralizada, sin reaccionar.
Es bonito sentirse en esa especie de nube, aunque seas consciente de que te puedes desplomar de un momento a otro. ¿Cuántas veces me he caído de una nube similar en el pasado? Yo no deseaba esto. Puede gustarte una persona, el hecho de no verla puede impulsar a la idealización (que ni tan siquiera existe) y a un incipiente enamoramiento que no quería que llegara porque... sé que me va a doler lo que venga a partir de ahora. Ser consciente de esto me hace recordar todo el sufrimiento del pasado, todas las defensas que puse cual caballo de batalla para que nadie pudiera acceder a mí. Tengo claro que no quiero pasarlo mal, pese a que suene egoísta; sé todo lo que conlleva todo esto, lo que vendrá después. Además estoy desconcertada porque no sé nada, aunque estoy ya lo suficientemente segura de lo que ronda dentro de mí. Quiero que desaparezca, sólo que entonces tendría que arrancarme el corazón.
No puedo permitirme este tipo de sentimientos, no quiero sufrir. Yo ya he pasado por esto, aunque todo es diferente; es como si estuviera empezando a vivir de nuevo. Sé que este tipo de dolor te merma el alma. Lo que es cierto es que nunca un desconocido había dejado una huella tan profunda llevando a algo así, tan fuerte; fueron esos ojos negros y esa mirada penetrante cuando aún lo desconocía todo de él. ¿Y ahora qué? ¿Cómo voy a salir de ésta?
La única vía plausible sería esfumarme. Para ello, tendría que trabajar en otro sitio, salir por otra ciudad (o dejar de salir) y romper todos los vínculos que me llevan a él, incluso los recuerdos. Pero también tendría que dejar de hablar con él y, si lo hiciera, yo no me lo perdonaría nunca. ¿Qué culpa tiene él de que haya aflorado en mí algo así? Y, cuando hable con él, ¿cómo disfrazar este cúmulo de sentimientos que se escapan raudos por todos los poros de mi piel? ¿Cómo voy a disimular? Si yo me ruborizo con facilidad...
Necesito olvidar y sé que eso es lo más imposible de todo. Y ahora que sé lo que hay tendré que dejarme llevar por la voz de la razón que, desde la cabeza, rige los dictados que llevan a no perder la cordura en momentos así.
Y, pese a todo, a lo que todo esto significa, sabes que el afecto creciente por él te hace sentir bien porque es algo bello. No puedes alcanzarlo, pero es bonito sentirse así.
Tenía que aclararme y lo he hecho. Ahora no hay dudas. Y de una cosa estoy segura: no quiero que vaya a más porque me haría daño.

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