Hace una semana llegábamos al aeropuerto secundario de Charleroi cuando ya habían pasado las seis de la tarde. El aeropuerto se ubicaba a una hora de Bruselas. A nuestro alrededor se empezaba a escuchar el dulce acento del francés mientras esperábamos un autobús que nos llevara hasta el centro de la capital belga.
A medida que íbamos alejándonos de Charleroi, árboles y más árboles poblaban ambos lados de la carretera, ocultándonos lo que había detrás. Un cartel llamó mi atención: Waterloo. Demasiadas clases de Historia hicieron mella en mí e instintivamente pensé en Napoleón. Si hubiera tenido más tiempo estoy segura de que me hubiera acercado al montículo que recuerda aquella lejana batalla, pero no pudo ser…
El autobús del aeropuerto nos dejó en la estación de tren Midi (Gare du Midi-Zuidstation). Allí debíamos esperar a los que habían llegado a Bruselas, procedentes de Alemania, el día anterior. Tenía cierta desventaja respecto a mis dos acompañantes, que ya conocían a todos. Así que me despedí con la dirección del hotel en la mano y me marché en busca de una parada de metro en una ciudad que en ese momento era completamente desconocida para mí. Arrastrando la maleta, sólo necesité la ayuda de una guía que había traído desde España para comprobar que en esa misma estación tenía metro directo hasta una parada cercana al hotel. Ni que decir tiene que la tercera acompañante, que me había conocido dos horas antes, se quedó perpleja.
En Rogier subí hasta una plaza céntrica y estuve media hora preguntando por el Boulevard Emile Jacqmain Laan(*). Lo cierto es que a nadie le sonaba aquella calle, pero al mostrar el plano de Bruselas muchos me explicaban que tenía que estar cerca porque la avenida grande donde estaba era el Boulevard du Jardin Botanique (Kruidtuidlaan). Finalmente una chica me explicó en inglés cómo llegar. Lo cierto es que me encaminé hacia una callejuela llena de sex-shops y tiendas eróticas que me hizo comprender que no sabía dónde me metía cuando había decidido marcharme “a mi bola”. Pero llegué al hotel, donde aún no había venido nadie de los míos. Lo cierto es que no tardaron más de un cuarto de hora en llegar. Pagamos allí, bastante barato. Y era un Hostel, lleno de hippies mochileros, luces psicodélicas, con acceso a internet gratis y máquinas de café y aperitivos, incluso había cocina por si querías prepararte tu propia comida. Ni que decir tiene que yo, acostumbrada a los hoteles, me sentí fuera de lugar. Si me invitan a un 'peta' allí mismo lo hubiera aceptado con ganas, aunque dentro estaba prohibido fumar.
Al final me presentaron a todos, y a pesar de haber dicho que era muy tímida y me daba vergüenza conocer a tanta gente de repente. Total, que sólo éramos siete y yo tímida lo justo, más bien soy todo lo contrario.
En el Hostel tuve que pedir una tarjeta de acceso más para la habitación. En ese momento pensé en que soy bastante independiente y que nunca sabes cuándo puedes necesitar entrar al Hostel, pero eso es un problema cuando sólo hay una tarjeta y en la habitación estábamos tres. Así que por una fianza de cinco euros me dieron otra 'llave'.
Cuando llegamos a la habitación empezó una pequeña diatriba sobre quién dormiría en la parte de arriba de las literas. Decían de echarlo a suertes... Yo alegué que tenía vértigo, aunque a última hora de la noche terminé cediendo. Jamás había dormido en la parte de arriba de una litera, pero como tiene hierros no te caes. Lo cierto es que me muevo muy poco en la cama, así que tampoco era un problema significativo, al menos no para mí, y vértigo no sentí.
Enseguida nos marchamos del Hostel a cenar.
Es decir, que desde que llegamos a Charleroi hasta dejar la maleta en la habitación se pasó el día casi sin darnos cuenta. Después de dar un paseo por allí nos sentamos en la terraza de esa especie de tabernas irlandesas de las que he hablado antes.
Cenamos unos platos combinados y recuerdo que pregunté al camarero qué diablos era “poulet”. No comprendía que en uno de los platos pusiera “chicken” y un poco más allá lo hubieran escrito en francés. Es decir, el menú estaba en un francenglish que me sorprendió. Considero que o francés o inglés, o todo en los dos idiomas. En fin, que terminé comiéndome el “poulet”, y sí...: era pollo.
Después nos tomamos unas cervezas en la parte de arriba de uno de esos pubs pintados de verde con cristaleras en los dos pisos. Ahora bien, ese día estuvimos sentados y tranquilos, aunque las cervezas entraban igual de bien que en Alemania. Y es que Bélgica también produce mucha (y muy buena) cerveza. Creo que éste es el único día que regresamos juntos de noche al Hostel. Entre cerveza y cerveza quedamos en que al día siguiente veríamos Bruselas, aunque con la pega de que mientras que las tres recién llegadas desconocíamos la ciudad, el resto ya había visto lo más relevante.
Al día siguiente no recuerdo a la hora que quedamos por la mañana, pero yo esa noche ya les había avisado que estaba acostumbrada a ir a mi ritmo, a viajar sola y que, en caso de echarme en falta por andar perdida, que no se preocuparan por mí. Ellos sólo me pidieron que avisara en todo caso.
(*)Laan: ‘Calle’ en flamenco. Como se puede comprobar, casi todos los nombres de calles o de lugares de interés tienen dos nombres, el primero en francés y el segundo en flamenco. Y a mí me gusta que aparezcan aquí también los dos.
(**) Todas las estaciones tienen junto a su entrada principal cuatro cilindros de color azul, fucsia, naranja y verde como distintivo. Creo que cada color significaba algo, pero no lo recuerdo exactamente.
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