
Necesito desconectar en todos los sentidos. Ni siquiera el libro del monje me lleva a la tranquilidad que tanto ansío. Creo que irme cuatro días fuera de España me sentará bien. En el fondo estoy algo cabreada o, quizás, desinteresada. Sólo yo sé los motivos y no es algo de lo que me apetezca hablar ahora. En realidad, no merece la pena nublar mis días por algo en donde desconozco cuál es el siguiente paso. Es preferible sumergirme en aquello que me hace sentir bien, porque al final lo único con lo que contamos es con nuestra propia vida. Y cuanto menos la vapuleemos mejor. Siento que podría desmoralizarme en cuestión de minutos, sólo que ahora intento que nada me afecte. Para mí resulta difícil -en ciertos asuntos- mantenerme al pie del cañón, dura como una piedra, fría como un témpano de hielo, alta como una muralla medieval... Es difícil porque, por mucho que deje que todo resbale, que todo caiga, que nada penetre en mi interior, algo siempre termina filtrándose. Es entonces cuando tengo que cuidar esa integridad moral que amenaza con derrumbarse como castillo de naipes al viento.
Desconectar me vendrá bien, aunque sólo sea para no ver lo que no quiero ver, no sentir lo que no quiero sentir, no escuchar lo que no quiero escuchar, no hablar de lo que no quiero hablar...
Siento desinterés profundo, motivado por el vacío de respuesta y por la montaña de indiferencia. En estos momentos me dan ganas de decir que todo me da igual, aunque no sea realmente así. Ojalá pudiera permitir que todo resbalara tan fácilmente y que nada me afectara...
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