
A lo largo del día son numerosas las personas con las que te encuentras, con las que hablas, con las que coincides en el bar, con las que te ríes, etc. Hay días que, incluso, no te apetece ver a nadie y estás menos predispuesta a hablar, aunque esto se oculte tras una sutil sonrisa que no significa nada. Hay alguna jornada, como hoy, en que conoces a alguien que te marca y piensas en esa persona durante horas, con un sentimiento de cariño que hace que te preguntes si esa persona te ha tocado con una varita mágica.
Las personas desvalidas y ancianas siempre me tocan una parte escondida de mi corazoncito. Es algo irremediable. Puedo ver a un mendigo con rostro bonachón pidiendo una limosna y siento que necesito ayudarle, que tengo que hacer algo por él. Algo se resquebraja dentro de mí y duele la impotencia de no poder hacer nada más.
Así es la cosa.
Dori es mayor. Creo que sufre algun tipo de enfermedad que la mantiene ida durante horas. Creo que puede escuchar y sentir todo lo que le rodea, aunque no habla nada (no porque no pueda o no sepa, sino como consecuencia de la senilidad o algún tipo de padecimiento producido por la edad). Cuando la he visto, con la mirada extraviada hacia ninguna parte, he sentido tal afecto que, inconscientemente, me he acercado a darle dos besos y, luego, afectuosamente le pasaba una mano cariñosa y suave por la espalda. Sé que ella podía sentir ese cariño, y yo soy la persona más arisca del mundo, pero cuando he estado con aquella mujer mayor he sentido un torrente de afecto hacia ella. Sé que me podía escuchar porque su hija me la ha presentado como si entendiera perfectamente lo que hablábamos y, aunque Dori no ha mirado en mi dirección ni una sola vez, sé que estaba poniendo atención a la conversación. Me alegra saber que Dori tiene a una persona que la quiere y cuida con tanta dulzura.
Me ha dado pena marcharme. Hoy he sido tocada por una varita mágica.
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