
Cuando miro hacia atrás, a los últimos meses, al cambio que ha dado mi vida podría enumerar circunstancias y situaciones dispares, pero en definitiva todo ha ido a mejor (bueno, todo todo... no exactamente; hay asuntos en los que no está en mi mano...).
Podría recordar un momento de alegría súbita: el abrazo con alguien muy cercano después de dos años sin cruzar una palabra, cuando noté que todos los sentimientos y pesares se desbordaban como un río y una pesada losa empezaba a desaparecer. No fue hace mucho, ni siquiera ha pasado un mes desde entonces.
Podría hablar de un momento muy triste, en el que estuve a punto de llorar: cuando un amigo de Salamanca vino a despedirse, pues mi marcha significaba no que no nos volviéramos a ver, sino que había de pasar mucho tiempo hasta que nos volvamos a encontrar. Y en esa despedida (no nos dijimos "adiós", que eso nunca ha de decirse) éramos conscientes de que nos empezábamos a distanciar. Pero la distancia no significa el olvido.
Estos dos momentos son reales, puedo tocarlos con las yemas de los dedos, puedo cerrar los ojos tan sólo un instante y volver a revivirlos más de mil veces, que han quedado en la retina.
Y en estos últimos meses hay un momento muy especial. Ocurrió hace unos dos meses. Ansiaba mucho algo y, después de haber conseguido acercarme a esa persona, después de haberle mirado a los ojos y hablado con él, ahora me da la sensación de que ese momento jamás ocurrió. Es como si hubiera a entrado a formar parte de uno de los millones de personajes imaginarios que pueblan mi cerebro. Me cuesta esbozar mentalmente su imagen, cada vez más. A veces me pregunto si aquel momento especial no fue tan sólo un producto de la imaginación. Sé que no, sólo que... a veces lo parece.
Tengo tantas preguntas que no sabría ni por dónde empezar.
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