
Me pregunto qué fuerza es ésa que me mantiene con los ojos abiertos mirando al horizonte descafeinado de la oscuridad mientras pienso en otros ojos perennes, inmortalizados como si se tratara de una vieja fotografía.
Hace unas semanas pensaba que su imagen moriría con el paso del tiempo, pero está ocurriendo todo lo contrario: se estabiliza cada día un poco más en un rincón de mí adonde aún no puedo llegar.
Y al despertar ocurre otro tanto: son sus ojos lo primero que veo, arraigados en mi cerebro de manera permanente.
Tampoco me esfuerzo mucho por desechar esas imágenes. Simplemente me aportan serenidad. Además es magnífico dormirse y despertarse al día siguiente pensando en él. Porque me siento un poco más viva.
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